Comerse el Mundo

bancoPor Michael Sixto

“Es hora de salir a comerse el mundo muchacho”- me dice con una voz medio dulzona y con cierto tono melancólico. Es mi padre quien habla. Estamos sentados en uno de los bancos del doce plantas y es la primera frase que pronuncia en media hora. Mi padre es hombre de pocas palabras, creo. Nos quedamos en silencio una vez más viendo las personas apretujarse unas a otras tratando de montarse en la guagua que acaba de llegar a la parada. Son las seis de la tarde. Mi padre trata de convencerme de que mi vida no está en aquel país de atardeceres brillantes, sino en otro que no conozco aun. Es extraño escucharlo hablar de futuro por primera vez. Yo tengo dieciocho años, una novia medio comunista y una muchacha que recién he conocido que me ha hecho olvidarme de la novia medio comunista en menos de una semana. Y mi padre, ausente desde mi infancia, me habla de excitantes días por venir. “Es hora de salir a comerse el mundo muchacho”- repite otra vez y me parece que lo ha dicho más para sí mismo que para mí. Yo no respondo, ni siquiera le miro a la cara. La gente sigue llegando a la parada, alguien grita desde un balcón… pasan unos niños montando chivichana. La tarde comienza a dejar sus brillos detrás. Recuerdo que la muchacha que he conocido espera por mí en su casa. Le digo a mi padre que me tengo que ir. “Piénsalo mijo, es lo mejor para todos” Asiento con la cabeza y salgo caminando. A comerme el mundo, creo.

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Cita a oscuras

Cita en la Noche por Michael SixtoPor Michael Sixto

El poeta, como era natural, estaba cansado de la soledad, de su habitación obscura, de las hormigas caminando por las paredes, de su vieja máquina de escribir, de las tardes muertas… de las mañanas ruidosas en la ciudad. El poeta ya no resistía tanta monotonía. Cada día la vecina de enfrente le traía la prensa con las mismas noticias de ayer y más tarde regresaba para cocinarle el almuerzo que nunca comía. Me da pena verle tan solo-le decía cada vez-y él le sonreía siempre de la misma manera sin decir palabra alguna.
Así pues una tarde de lluvia en la que los muchachos en la acera chaparreaban agua mientras las madres les gritaban alarmadas desde los balcones, el poeta pensó en la terrible posibilidad de abandonarlo todo. Emprender entonces el camino hasta donde no pudiera encontrarse. Una hora más tarde se le vio andar por entre las gentes escurriéndose como un fantasma por las calles mojadas. Pálido, insignificante, sin color alguno en la mirada como los personajes de sus historias, avanzó sin miedo mientras la oscuridad se le venía encima. Esa noche el poeta durmió feliz a la intemperie acariciado de rocío y de luna. Esa noche el poeta, siguiendo lo que sería su destino, desapareció para siempre en las calles de la ciudad que le habían invitado a la demencia de saberse preso de su propia repetición.
Cuando se halló perdido, totalmente fuera de lugar, el poeta recobró sus sentidos y la armonía de las cosas una vez más fluyó por las arterias de la ciudad incendiada y vigorosa que nada tenía que ver con la ruidosa ciudad matutina. Era la primera vez que el poeta se sentía vivo así que decidió disfrutarlo al máximo. Puerta por puerta fue llamando y las personas que salían se lo comían a insultos pero él no paraba de reír. Su corazón palpitaba como nunca. Se había abandonado a la locura. El amanecer le encontró camino a casa, riendo aun. La ciudad se había regalado toda, como una puta de barrio. La noche había sido cómplice perfecta. El poeta lo sabía. Igual era tiempo de regresar. La habitación obscura, las hormigas caminando por las paredes y la vecina de enfrente jamás se enterarían. La monotonía seguiría reclamando su presencia, pero en las tardes, justo después de la lluvia, el poeta se escurriría una vez más… a olvidarse de su soledad.

Mujer de hielo

Por Michael SixtoOjos de hielo Por Osbel Cocepcion

Me pediste silencio y no pude dejar de complacerte. Las cosas que tiene uno que hacer para lograr algo en la vida. Es domingo y recuerdo que tengo que hacer compras, lavar la ropa del trabajo, llamar a mi madre. Me pediste silencio y no pestañeé por veinte minutos. Al principio lo sentí como un castigo, después el encanto se fue revelando. Tus manos están heladas, también la punta de tus pezones, y aun no los he palpado. Me miras fijamente mientras me recorres con tus manos que no se van calentando. Yo sigo en silencio. Te miro y recuerdo momentos pasados, también el calor de la calle. No entiendo cómo puedes estar tan fría. Me adelanto en el tiempo y pienso en el lunes que se avecina. El tráfico, la gente de mal humor, las caras largas de mis compañeros de trabajo. Es una confusión total. Tiempos pasados, tiempos por venir, frio, calor, silencio… locura. Me rehúso a continuar castigándome y regreso a ti. Sigues helada, pálida y bella como un cadáver manso. No pronuncias palabra alguna y me besas los codos. Tus labios me estremecen y me retuerzo en un erizo prematuro. Abro una ventana y nuestros olores mezclados se escapan sin pedir permiso. El vaho y la humedad instantáneamente se nos pegan a la cara. Ha sido un intercambio. La cofradía de los amantes dicen. Entonces te busco y ya no estás tan fría. Te vas derritiendo lentamente mientras continúas besando mi codo con unos labios ahora más húmedos. Te vas depositando en un charco que se forma con tu esencia debajo de mis pies. Trato de cerrar la ventana asustado, pero ya es muy tarde. Igual me lo impides. Por primera vez hablas y dices que está bien, que no importa, que ya pronto será de noche, que el calor pasará… que ya te tendré de nuevo otro día. La cabeza es la última en disolverse, ojos y boca se hacen una misma cosa y de repente solo eres agua. Me pediste silencio y no pude dejar de complacerte.

Otra casualidad

Amor CasualPor Michael Sixto

Para esos que buscan significado no existe la casualidad. Ellos dicen estar en armonía con el universo donde todo tiene un propósito, una razón de ser. Esos no son mis amigos. Muchas veces me han echado de su templo el día de adorar. No tengo una réplica, pero tampoco me la invento para justificar mi ignorancia. Y, es que no soy un hombre solo como ellos quisieran que fuera. La verdad es que mis colegas me preguntan qué opino, qué creo de ese instante. Entonces escribo una historia como respuesta. Corta, sin principio ni final, sin sentido quizás la escribo. Les digo que mi historia es una vida; errática, apresurada, llena de colores grises, también de sonrisas, de hasta luegos sin decir. Una historia real. Entonces se enfadan porque mis personajes no son héroes con batallas que pelear. Irónicamente siempre están en movimiento. El tiempo es lo único tangible y resulta ser que también es una ilusión. ¿Entonces que nos queda? -Me preguntan nuevamente- Caminar, reír, respirar el aire que nos regalan, escuchar una canción, tocar la piel tersa de un bebe, regalarnos en un beso, tumbarnos frente al mar o abandonarnos frente al rojo desierto, escribir la historia de una vida… morir sin miedo a la muerte. No, no tengo una respuesta, tampoco intento buscarla vendiendo un sermón. El universo se burla de nuestros aires de grandeza mientras nos ignora. La frase se repite una y otra vez: “No somos Nada” Nos volcamos entonces a la poesía, abrazamos un árbol, regalamos o imploramos amor, nos matamos unos a otros en guerras nada casuales, igual sin sentido, mentimos y lloramos y viajamos y reímos, nos quedamos, nos marchamos, escribimos un libro… justificamos el estar y nos explicamos unos a otros los por qué, las razones, lo que nos motiva a buscar. Entonces comprendo. Para esos que buscan significado no existe la casualidad… tampoco para mi aunque aun siga creyendo que todo, absolutamente todo, es escabrosamente casual.

Los que se quedan

Art BaselPor Michael Sixto

Los que se quedan tienen el mismo brillo en los ojos. Los que te ven partir y no van a ningún sitio. Esos son los que se recuerdan y se arrastran en la memoria por siglos. Un amigo que no sabe que es mi amigo me reclama palabras que no he pensado aun. La poesía no puede morir, ni siquiera cuando intentan matarla a golpe de olvido. Mi amigo es el que se queda. Yo, desde hace mucho tiempo, no hago otra cosa que marcharme. Me tiro los mismos trapos encima y saludo al camino que me recibe. No llevo equipaje, mis bolsillos están vacíos. Hecho a andar y respiro profundo. Siguiendo el rio terminaré en el mar. Al desfilar muchos me hablan de tiempo, de cosas que se compran y se venden. Y yo no me detengo. Los que se quedan siempre tienen el mismo brillo en los ojos. También esos que solo te ven pasar de largo. Ellos saben que el mayor castigo es la inmovilidad, estar estático, detenido. Como la poesía que intentan ahogar dentro de sus pechos. Entonces se resignan, se quedan sentados, sufren y mueren. El masoquismo es heredado, como el de mi amigo que me jura que no se puede mover cuando yo sé que tiene piernas bien fuertes. Su padre hizo lo mismo, también el padre de su padre; el puto círculo de vida que cuesta tanto romper. Ahí es cuando me pregunto el porqué de mi locura. Yo no tengo razón para quedarme, ni piernas fuertes, ni brillo en la mirada, sin embargo no dejo de andar. Las palabras que he de pensar, naturalmente, me han abandonado. Mi amigo ya me ha perdido de vista en la distancia y rio abajo siguen intentando venderme algo,  o comprar mi cuerpo, o arrebatarme los ojos de acertar. Mientras me resisto me aseguran que no hay diferencia entre ellos y yo por más que intente negarlo. No encuentro una respuesta y como siempre… termino marchándome. Los que se quedan tienen el mismo brillo en los ojos. Los que te ven partir y no van a ningún sitio.

Historia sin historia

Don't By Michael SixtoPor Michael Sixto

En su época de rebeldía se fue de la casa unas cuantas veces,  durmió en los portales y en casa de amigos… creyó estar en control de los hilos de su vida. La madre preocupada esperó tumbada en el sillón detrás de la puerta por toda la noche. El padre se fue a la cama maldiciendo. Las lágrimas brotaron de los ojos de todos por razones bien diferentes. Eran tiempos de correr. Cuando se acabó la adolescencia y se vio en la universidad haciendo de adulto comenzó a sentir un miedo que se le reflejaba en el estómago y no lo dejaba dormir de noche. Era miedo al devenir. Lo desconocido no era excitante ya. El cambio era un reto que intimidaba. Igual cerró los ojos con orgullo y en silencio se preguntó: “qué tan malo puede ser” y siguió caminando. En el sendero de años de estar siguió volteando la cabeza atrás una y otra vez, como recordándose a sí mismo las razones de su presente. Habían pasado estaciones y gente y familia y lugares… y él seguía ahí, girando con la historia que contaba a cada segundo de estar. Vinieron tiempos difíciles y otros peores aun. Las rutinas se combinaron con nuevos retos y las canas y las arrugas llegaron para trazar la línea temida: Ya estaba en lo más alto… y ahora comenzaba el descenso. Eran tiempos de calma, de meditar. Los hijos que nunca llegaron atormentaban el presente, revolcaban recuerdos mustios del ayer. La madre sentada en el sillón esperando se volvió una obsesión. Y así, sin previo aviso, una tarde cualquiera de un día cualquiera y sin que nadie siquiera lo notara… los hilos de su vida echaron a volar.

Historias de mi barrio

Por Zahylis Ferro

(Pido a quien leen esto una licencia visual… porque al igual que Carlos Varela…mi televisor fue ruso.)

Dicen que las 3 de la tarde es la hora en que maraton a Lola. En el pueblo, el homicidio no hubiera sido posible hasta las 9 de la noche. Entonces si que a Lola no la salvaba ni el médico Chino, porque todos los televisores de encendían en el mismo canal y todos los ojos se quedaban fijos en la pantalla para vivir, más que simplemente ver, el nuevo capítulo de la telenovela.
– Te perdiste la novela anoche mi’ja. ¡Estuvo buenísima! – dijo mi tia, que sabía que había salido de la casa casi a la hora en que el reloj se congelaba en el pueblo.Mi televisor fue ruso...
– Que va tía, si la ví…

Y verdad era. Con las puertas y las ventanas abiertas, marcados por la extraña costumbre de colocar los televisores de frente o de costado a la puerta, no era necesario estar sentado dentro de las casas para ser testigo del drama televisivo.
La música conocida me llegó cuando aun no alcanzaba la primera calle del pueblo. Me apuré y llegué a la altura del portal cuando el protagonista, asombrado, descubría que la que había tocado a la puerta era la amante desaparecida años atrás. Ahí había acabado el capítulo anterior. Seguí caminado y desde la tercera casa de la cuadra me llegaron los primeros reproches por la aparición repentina y la ausencia prolongada.
Y así, de portal en portal, de televisor en televisor, seguí la trama del retorno, del resentimiento, y me adentré, como si estuviera frente a la caja mágica, en las vidas que ambos personajes vivieron mientras duraba la separación.
Al llegar a casa de mi amiga entré sin tocar en el momento justo en que ella le decía que había tenido que marcharse pero que ahora regresaba a presentarle a su hijo. La puerta, por supuesto, estaba abierta de par en par, y colocado diagonalmente en la esquina opuesta a la entrada, el televisor regalaba una visión emocionante. Mi amiga, su prima y su mama ni siquiera volvieron la cara para mirarme. Mi amiga, la más cercana a la puerta de las tres, se corrió hacia el otro lado del sofá y con la mano hizo un gesto para que me sentara. El resto de la noche transcurrió como de costumbre.

-Niña, ¡pero si tu saliste de aquí casi a las 9! ¡Volaste el camino!- dijo asombrada mi tía.
“No exactamente.” Pensé. Pero no dije nada.