Lo que no dicen las palabras

Por Eynard y kontARTE

Ella dijo “hola” y él, para su sorpresa, le contestó “hello.” La locuacidad de sus ojos le recordó la tarde gris en que se conocieron y ella no supo qué más hacer: seguir hablando o irse corriendo por el susto que no fue susto pero que pareció. La sorpresa fue inconmensurable… sumergirse en las profundidades del otro idioma fue como empezar a ser alguien que una vez fue, que una vez creyó ser.
Aquella tarde todo había sido igual y distinto. Ella lo miró con un brillo en los ojos que podía interpretarse como la frase universal de “voy por ti.” Y él no la esperó, sino que salió a su encuentro, y a la mitad del camino, cada mirada tenía significado propio, más allá del contexto en el que intentaban sobrevivir, más allá de los vocablos, las sintaxis y las inferencias. Fue una pasión muda a primera vista, y cuando ella dijo hola y él contesto hello, sin saberlo, dieron por iniciada una conversación telepática que les tomaría una decada terminar.
Caminaron juntos, con una sonrisa tonta de estupefacción y los ojos bien abiertos para medir cada movimiento con la intención sincera de reservarse, de no desviarse del firme propósito de investigar quiénes podían ser en realidad. Pero al instante siguiente supieron que pensar no tenía mucha importancia porque ya presentían que estaban destinados a leerse el pensamiento y contárselo uno al otro como pensamiento propio en una tarde cualquiera.
Ahora, cuando todo conocimiento humano había sido absorbido en un intento entrañable por anticipar lo que la mirada ajena se desvivía por decir, parecía que todo estaba dicho. Ahora, cuando de leerse la mente habían pasado a leerse el cuerpo, la vida, el presente y el mañana, y hablaban finalmente un mismo idioma, un idioma mezcla de los idiomas de los dos, parecía no haber palabras suficientes para decir los que por separado pensaban sus mentes.  Ahora, muchas recibimientos y despedidas después, el diálogo se cerraba donde mismo había empezado hacía mucho: ella decía hola y el contestaba hello.

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Metamorfosis (La historia de unas cuantas semanas)

Por Tay y kontARTE

Nunca entendió por que de pronto dejó de gustarle el chocolate y empezaron a llamarle la atención los colores grises. “Estas creciendo Lina,” decían todos a su alrededor, pero en realidad no sentía estar creciendo en absoluto. Los senos le dolían, eso sí, y hubiera sido feliz de haber podido quedarse tirada en su cama, boca arriba y desnuda para que la tela no rozara sus incipientes pezones adoloridos.

Eran las seis y media y las manecillas del reloj seguían tranquilamente hacia adelante, mientras ella jugaba a ignorarlas desde su estado de impasible sopor. “¿Es que no habría sonado el despertador?”pensó, preocupada de que en realidad, le preocupara tan poco. Hablarse, escucharse a sí misma, solo eso ocupaba ahora un lugar en su lista de prioridades. Recién había empezado a comunicarse con su cuerpo. A sentir el sonido de su corazón apresurado cuando entraba en el aula el profesor de Ciencias. A  anticipar el cosquilleo en el estomago cuando se cruzaba al hijo del jefe de su madre en los pasillos de la escuela, y el la miraba o no, y seguía su camino. A presentir un placer inexplicable en la humedad que le regalaba su sexo al entregarse a sus propios pensamientos errantes en los que Lina no era Lina, una chiquilla de 12 años, sino una mujer que sentía y amaba y hacía el amor como en las películas que su madre, en vano, le prohibía mirar.

Lina escuchaba y sentía su piel erizarse, sus manos crisparse, sus ojos llenarse de agua, y sus pezones despertarse debajo de la blusa, con la altivez de quien tiene algo muy suyo que reclamar, mágicamente sin dolor.

-Lina- llamaron cautelosamente a la puerta que estaba a la cabecera de su cama. “Son las siete menos cuarto.” Era su madre. Venia a asegurase que estuviera despierta antes de ella irse al trabajo, para que a la hija no se le hiciera tarde para la escuela. El desayuno estaba en la mesa. Por favor, come. Pareces un espagueti. Llámame. Y pórtate bien. Lina sabia hasta el orden de las palabras ya de memoria. La madre que quería bien pero que no parecía saber que hacer con una hija que se le volvía mujer extraña entre las manos. La madre que no sabia explicar los misterios de su cuerpo, que no podía ayudarla a crecer como mismo la había ayudado a vestirse, ponerse los zapatos y peinarse hasta casi los 9 años. La madre que había sido hija hacía mucho tiempo pero que ahora era solo madre.

Lina no se levanto. No probó el desayuno. No fue a la escuela. Se quedó dormida nuevamente, sudando debajo de la colcha que la aislaba del frío que vomitaba ficticiamente el aire acondicionado. O quizás solo estuvo despierta por no se sabe cuanto tiempo. Sola. Ella y su cuerpo. El callado. Ella escuchando.

Su madre llegaría corriendo del trabajo cuando la llamara el profesor de Ciencias. Lina no había llegado a clases. Se desharía en llanto luego de echarle en cara su egoísmo, su inconciencia, su despreocupación y falta de interés. Posiblemente a partir de ese día haría arreglos en el trabajo para llegar una hora mas tarde y asegurarse de dejar a Lina en la escuela.

Lina escuchaba. Se escuchaba. Una mancha roja crecía sobre la sábana blanca lavada del día anterior, mientras que su sexo y sus muslos se humedecían de una descarga viscosa que le brotaba del interior, limpiando su organismo de dudas punzantes. Inmóvil, sintió el olor de su carne y sus líquidos. Afuera, un mundo lleno de requisitos y demandas no podía serle mas ajeno. “Estas creciendo Lina.” Seria la gastada explicación de su madre que la miraría con lágrimas en los ojos y daría por terminada la conversación, una que Lina seguiría sin escuchar.

 

Secreto a Voces (una “Historia de la Semana” silenciada)

Por Alicia y kontARTE
– Dime lo que tengas que decirme Benjamin. Hace tiempo noto que me esquivas la mirada y tratas de no cruzarte conmigo en los pasillos. Yo no soy el tipo de persona que se conforma con cambiar el tema. Que pasa Benjamin?…
Se habían puesto de acuerdo para almorzar juntos en la cafetería que quedaba el lado de la oficina.El había tratado de inventar una excusa, pero ella insisto demasiado como para que una excusa tonta sonara convincente.
– Hace tiempo he querido contártelo pero no me he atrevido, no es algo fácil de decir y últimamente me estoy ahogando, sino te lo

 digo a ti y al mundo siento que voy a explotar…. soy gay! Y si, lo confieso este asunto de Ricky Martin me ha afectado muchísimo!
Ella se puso seria pensando en qué responder ante la inesperada confesión. El no pudo aguantar la risa.
– No soy gay muchacha- le dijo. Si hubieras visto la cara que pusiste.
– No me hubiera importado si lo fueras. Es que me tomó de sorpresa.
– No soy gay – le dijo y la miró a los ojos.
– Entonces qué es? Llevas días raro…
– Es que…me encontraron un tumor en el hígado.
– Por Dios Benjamin… y yo pensando boberías. ¿Como te sientes? ¿Que tan grave es?
De nuevo la carcajada.
– No estoy enfermo muchacha. Estoy bien. Muy bien.
– No es para reise Benjamin. Eso no es gracioso. Me preocupe, de verdad. Además,  llamar enfermedades termina atrayéndolas de verdad.
– Déjate de supersticiones que todo esta bien.
– Entonces…¿Por qué andas raro?
– Eres tú…
– ¿Yo? Yo estoy igualita…tú eres el que parece que tiene un peso encima.
– Eres tú la causa de que ande así.
Ella no supo que decir. Esperó unos segundos que le parecieron eternos a que apareciera la carcajada que no llegó. Ahora el que estaba serio era él.
– Pero…
– Te amo. Y después de una pausa. – Ahora me voy. Tengo mucho que hacer.
– Pero…Creí que eras gay…
– Lo soy.
– Creí que estabas enfermo?
– Lo estoy.
Cuando ella regresó a la oficina ya sus cosas no estaban. Su número de teléfono había sido desconectado; su cuenta de correo electrónico ya no era valida y la había sacado de su lista de amigos de Facebook.

Silvia

Por Laura, Tay, José Miguel, Carmen y kontARTE

La mano le tembló, pero empuñó el cuchillo hasta el fondo. La sangre caliente que comenzó a subir por el mango le trajo el recuerdo de su último orgasmo, perdido desde el momento mismo en que la dejó sin aliento. Silvia nunca había tenido buena memoria para rememorar su vida. Nada quedaba para contar historia. Pero ahora Silvia estaba decidida a vengarse. Solo que  no podía recordar muy bien de que… o quien.

Silvia no sintió miedo o remordimiento, ni siquiera pensó en después. Las manos manchadas de rojo la hicieron sonreír. Era feliz mientras se dolía a si misma porque por primera vez estaba segura de que no iba a olvidar el pasado. Estaba quedando tatuado en este mismo presente, donde vivir o morir no era importante, sino el hecho de recordar.

La sangre se deslizaba lentamente por sus piernas formando un mar rojo a su alrededor. Disfrutaba su olor y admiraba la calma del mar rojo que crecía. La sensación de vacío y letargo que la transportaban a otro mundo y la hacían recordar momentos olvidados y perdidos, también la hicieron arrepentirse de no haberlo intentado antes. Era feliz en el clímax de su éxito. Atrapando los recuerdos se vengaba de todos. Se vengaba, gustosamente, de ella misma.

Y esos recuerdos que ahora invadían su espacio le abrían por fin la puerta de la vida o la muerte. Siempre había sido una mujer envuelta en dudas, temerosa, insegura en lo mas recóndito de su ser. Mas, a los ojos de la gente que la rodeaba Silvia fue el símbolo del triunfo, de la determinación y la autoridad. Si vida había transcurrido como la de muchos, tuvo amigos en los malos y buenos tiempos, tuvo amores, estudió, se graduó, parió hijos. Pero todos inoraban que Silvia no era feliz. Ella tampoco lo sabía. O si?

Nunca le había gustado la sangre. Le daba mareo y escalofrío. Ahora, no. Todo a su alrededor lucía tan irreal como su propio recuerdo y de pronto ya no hubo cuchillo, ni mar rojo, ni Silvia. La dulce venganza le empezó a saber agria en la boca, como si hubiera despertado después de un larguísimo sueño. Solo que no estaba ni había estado dormida. No estaba viva, pero tampoco esta muerta.

Había leído su vida desde la perspectiva de su propio diario que se le antojo ajeno y mentiroso. De ahí que supiera quien había sido y que había hecho. La desmemoria la había llevado a la meticulosidad de acaparar los hechos, fríos, tiesos e impersonales en disímiles hojas de papel. Días, meses, años de olvido se rememoraban a cada rato cuando Silvia se sentaba a leerse a si misma como si fuese una novela de ficción. Y muy a su disgusto lo que Silvia leía le parecía una novela mediocre. Repetitiva, insulsa, común había sepultado por mucho tiempo una vida que ya pesaba demasiado. No se veía en el espejo, veía a otra que era ella misma solo para ella y el peso de la inconformidad le prostituía la autoestima. Y no podía permitirse algo así.

Adornar su diario se había convertido en su mayor pasión. Y por eso había decidido hacer algo radical. Por primera vez en su vida escribía con bolígrafo rojo una historia que de seguro recordaría por siempre. Si es que siempre es una promesa de  futuro en un alma que solo sabe de presentes. El lago rojo crecía a su alrededor y Silvia se leía con satisfacción desconocida. Sus dudas, sus temores se ahogaban en el. Si alguien la hubiera visto, se habría dado cuenta de que su actitud de triunfo, determinación y autoridad perecían también. “Nada es eterno,” pensó Silvia. “Ni la desmemoria.”

Su diario se tiño de rojo mientras ella sonreía complacida al recordar su último acto de redención.

El Incógnito (O déjà vu gástrico) III

Parte 3: El Fin

Por Tay, Monica, Raul y kontARTE

Quiso decirle a su hijo que pasara pero ahora menos que nunca le salieron las palabras. Hizo un gesto con la mano ofreciéndole entrar y el muchacho, que no necesitaba un discurso de bienvenida, aceptó la invitación, entró y esperó a que él cerrara la puerta. Se sentaron en el sofá donde unos minutos antes Michael esperaba que comenzara Sex and the City. La hamburguesa a medio comer y la jarra de cerveza lucían terriblemente atractivas.
– Quieres? – dio Michael señalando la comida. – Compre dos por si acaso y hay bastante cerveza fría en el refrigerador.
Su hijo no dijo ni sí ni no y Michael fue a la cocina y le trajo un plato con otra hamburguesa caliente, papitas fritas y una jarra de cerveza.
Empezaron a comer sin decir palabra. Lentamente. Sin mirarse a los ojos. Miles de ideas rondaban sus cabezas, demasiadas para poder sintetizarse en pocas palabras coherentes. Cuando se acabó la cerveza y no quedaba ni rastro de hamburguesa en los platos, Michael decidió romper el hielo. No tenia nada mas que perder. Solo mas tiempo y ya había perdido demasiado.
– ¿Que le pasó? Ella siempre tuvo una salud de hierro….
– Cancer. De esos que acaban rápido. Cuando se enteró ya era demasiado tarde.
– Nunca me hubiera imaginado que…ella..enferma…?¿Por qué no me llamaron? – y de haber podido se hubiera tragado sus propias palabras de tan insulsas que le sonaron al oído.
La mirada de su hijo pretendía ser irónica pero estaba demasiado triste para lograr su propósito.
-¿Llamarte para que? ¿Que hubieras resuelto tú? Además, ella no quería. La mataba el orgullo. Después de todo tú fuiste el que desapareció.
El reproche. Fino e inocente. Reproche con el que tenia que vivir.
– No fue tan así Alex. Tú eras mas chiquito y no quería hacerte daño. Ella y yo dejamos de entendernos un día y de ahí pa’lante todo se volvió muy complicado. Ella se ponía histérica por todo y yo no quería que tú nos vieras pelear todo el tiempo. Yo no podía mas, y luego ella se fue y te llevo con ella. – Y bajando los ojos nuevamente- ya se que lo jodí todo Alex. Yo soy un bruto del carajo y una cosa llevo a la otra. Si pudiera volver el tiempo atrás, coño.
– Yo nunca entendí como un padre podía dejar de querer a un hijo. Ni aunque se mudara para la luna. Sigue leyendo

El Incógnito (O déjà vu gástrico) II

Por Tay, Monica, Raul y kontARTE

Parte 2: El Principio

Los toques en la puerta  no cesaban, y al mezclarse con los truenos y el torrencial aguacero no le cupo la menor duda de que el día se le había aguado por completo.  Cartucho soltó un ladrido de advertencia. A pesar de su entrenamiento, le molestaban los toques impertinentes. Todo parecía indicar el no iba a poder darle una segunda mordida a la hamburguesa que había pensado devorar de un tirón.
-Tranquilo Cartucho, tranquilo….lo consoló al mismo tiempo que se dirigía a la puerta sin dejar de masticar lo que iba a ser su primera comida de el día.
– ¿Quien es…?
– ¿ Michael Ferro..?…carta…
– Si soy yo- y entreabrió la puerta. Por la ranura por donde solo hubiera cabido una carta, de repente entro el mundo- Pero…que???
Si en la vida no olvidaría algo, era aquel color de pelo y esos ojos que aun después de tanto tiempo conservaban su misma expresión. La muchacha vestida de cartera tampoco cabía en si del asombro.
– ¡Michael !
– ¡Mónica ! ¡Que haces tu así…? ¿ Como supiste ?? ¡Estas empapada !
– Pero Mike, como que Ferro ? ¿ De donde sacaste ese apellido..? ¿ Que…?
– Entra por favor… te traeré algo para secarte…
– No..no..tengo que seguir y no quisiera ser…
– No te preocupes, aquí no molestas. Solo Cartucho se podría poner celoso, pero como vez, ya esta bien ocupado.
El perro ocupado con la hamburguesa que del tiro había caído al piso, movía la cola animado. Por lo general odiaba a los carteros, pero con ella parecía ser distinto. De alguna manera Cartucho también la reconocía.
– No sabia que vivías aquí.
– Desde hace solo hace un mes y ya estoy pensando en mudarme. Pensé erróneamente que el cambio de cuidad y de apellido mejorarían mi vida…ahora me doy cuanta que lo único que siempre quise era estar en una isla en el trópico acompañado de quien nunca debí abandonar…- comenzó a decir Michael que de pronto se sintió envalentonado.
Mónica se sonrojó pero lo abrazó temblorosa, y sin contener sus impulsos rompió a llorar rogándole que  la perdonara, que todos esos años perdidos se los merecía, que no soportaba admitir que sus sueños inmaduros le hubieran cambiado la vida tan bruscamente….
-Si hubiera confiado en nosotros Mike… Pero no, me fui, aunque siempre te esperé…pasé años escribiéndote pero nunca me respondiste. Sigue leyendo

El Incógnito (O déjà vu gástrico) I

De más esta decir que esta Historia de la Semana debiera llamarse la Historia del Mes. La verdad que, para decirlo en buen cubano, darle forma me ha costado un trabajo del carajo. Como siempre tratamos de preservar los comentarios lo mas intacto posible, esta historia se volvio larga y como las historias largas son difíciles de leer, esta vez vamos a tener una historia contada en tres capítulos. Aquí va el primero de los tres. Espero que lo(s) disfruten.

Por Tay, Monica, Raul y kontARTE

Parte 1: El principio del fin

Cuando tocaron a la puerta había acabado de sentarse frente al televisor con una hamburguesa calentica y una jarra gigante de cerveza fría. Había comprado la película Sex and the City desde hacia varios días y ahora estaba por comenzar. “Ño….que punteríaaaaa. ¿Quién carajo será a esta hora?” No esperaba visitas. No conocía a nadie en el edificio. No tenía amigos que acostumbraran a solo aparecer. Miró su teléfono y no tenía llamadas perdidas. Pensó ignorar el toque y ya le daba una mordida a la hamburguesa cuando tocaron otra vez. La música melosa de Sex and the City empezaba a sonar y no le hubiera gustado que nadie supiera que él, hombre macho, varon y masculino hasta la muerte sin ninguna preferencia por los arcoiris, estuviera viendo por voluntad propia una película así. ¿Quién podría ser? pensaba, y un tercer toque lo hizo saltar en el sofá como si le hubiera cogido un corrientazo.

¿Quién es? gritó.

Ni siquiera lo pensó dos veces para apagar el televisor. Se acomodó las chancletas como pudo y en dos zancadas desbocadas alcanzo la puerta.

“¿Quien coño será?”- dijo en voz alta mientras su mano derecha se aproximaba al picaporte y su mente se perdía en lo que podía haber resultado una tarde sin testigos, de él con su otro yo.
En el interior de la casa se respiraba el aroma a vainilla de velas encendidas (otro motivo más para no ser descubierto). “Y es que a veces hasta los mas hombres necesitamos de estas mariconerías” pensó apaciguando sus dudas.

“Quien será”- dijo (casi susurrando) más intrigado que molesto ante el cuarto toque.
Y cuando la puerta finalmente se abrió y el aire de la calle robo un poco del aroma dulce impregnado en la casa, el mundo(su mundo), se detuvo. Allí estaba él, el único hombre que le robaba el sueño, el único hombre al que amaba, el único hombre que había demorado mucho en aparecer… su hijo.

Hacía siete años ya que no lo veía, las interminables peleas con su ex  habían hecho que tomara sus maletas y se fuera. Necesitaba paz, una paz que no  hacía mucho no tenía, y que encontró en su pequeño apartamento de velas de vainilla y cerveza fría. “Todo tiene su precio” –pensaba de vez en cuando para mitigar el sentido de culpa que sentía por haber dejado pasar el tiempo entre ellos. “¿Cómo iba a pararse en frente de él si hacia un año que no lo buscaba?” Y luego fueron dos y antes de que se diera cuenta se le habían pasado siete años reuniendo valor para enfrentarse a su hijo. “Nunca le dije lo mucho que lo quiero”- pensó muchas veces se torturándose por horas pensando en lo mal padre que había sido. Ahora, el momento que había temido por años había tocado a su puerta. Dudo unos instantes antes de poner la mano en el picaporte. Habría preferido haber pasado todos esos años preparándose para este momento en vez de torturándose por los errores pasados. Su hijo permanecía en silencio, expectante. “Lo siento”- dijo el padre y rompió a llorar como un niño. Si, de vez en cuando los hombres también lloran y él no era la excepción. Cuando después de unos segundos levanto la mirada, vio que su hijo también lloraba. No había, sin embargo, rencor en sus ojos enrojecidos, ni preguntas, ni siquiera desazón. Dolor. Puro dolor fue lo que encontró. Y así, a bocajarro, le soltó la noticia que jamás hubiera esperado escuchar.

-Se fue. Ella se fue papa. Me dio tus cartas. Todas. Y luego se fue.

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