Bon Appétit

Por Zahylis Ferro

Odio cocinar. En realidad, lo que más odio no es cocinar sino el olor de la comida. Me gustaría que la comida fuese todo sabor y que no oliera a nada. Sería mejor así. Entonces el degustar un plato sería de verdad un misterio. Una aventura. Sin insinuaciones aromáticas que arruinen la sorpresa. Claro, que quizás para suplir esa falta nos volveríamos más dependientes del componente visual. Como que si no entra por los ojos, no pasa por la garganta. Quizás a falta de oler lo que comemos nos convirtamos en individuos aun más visuales, más superficiales, pero ese es una probabilidad secundaria ahora mismo ya que pertenece al orden de los problemas hipotéticos.

Cocino un ajiaco, una especie de caldo con cuanto vegetal y vianda y carne he encontrado en mi refrigerador. El pobre, parecía un museo arqueológico. Reliquias gástricas preservadas por pedazos. Una papa descolorida de la que tengo que desechar la mitad. Una malanga milagrosamente intacta. Un trozo de carne de cerdo anterior a la edad media. Dos salchichas y un chorizo raquítico que una vez fue español pero ahora ha perdido hasta la identidad. Con desidia tiro todo dentro de una olla y allá van cebollas y pimientos y dientes de ajo a sumergirse en el agua salada que hierve a borbotones. Hago todo en un orden específico que a los ojos de un desconocido podría interpretarse como un indicio de que conozco al pie de la letra la receta y la sigo por costumbre. Pero no es cierto. No sigo recetas. Cocino por instinto. Total, el olor de la comida siempre delata el resultado, aun antes de que el resultado esté listo.Arte y cocina - Art Basel 2011

El ajiaco se espesa dentro de la cazuela retorciéndose a fuego lento. Con un cucharón en la mato la destapo con la intención de revolverlo y una ola de vapor me cuece la cara. Este ajiaco sabe a mierda, pienso sin probarlo. No pruebo la comida, no me hace falta. Algo más que le achaco a los olores, otra de las maneras en que delatan el resultado,  incluso antes de que este listo el resultado mismo. Me siento en el comedor, a unos metros del fogón y me complazco en imaginar como se desintegran las viandas en el calor, como los sazones se van poniendo mustios a medida que el caldo les roba la esencia, como la carne se hincha con el agua, y luego se comprime, y se vuelve hebras de carnes diseminadas en el caldo. La lentitud de la tortura a la que someto la comida me complace. No el olor, que ahora esta por todos lados, en mis manos, en mi cara enrojecida y en mi ropa. Recuerdo la novela El perfume. El protagonista tenía un poderoso sentido del olfato y podía separar cada ingrediente presente en un compuesto e identificarlo por sí solo, independiente del nuevo olor del que era parte. Estúpida habilidad que no sirve para nada, pienso mientras me huelo la blusa. Hoja de laurel. Pimiento rojo. Azafrán. No sé qué carajo le hace a la comida pero me gusta el color rojizo y el nombre. Azafrán. Dicen que es afrodisíaco. Falta que hace porque esta comida me va a costar el divorcio.

Ya está. El bendito olor me lo dice. Revuelvo para asegurarme. ¡Ni que hiciera falta! Ya está. De lo único que acabo de asegurarme es de que este ajiaco esta incomible. Inhalo una bocanada de vapor del que deja escapar la cazuela y en mi mente trato de separar una vez más los olores. Pimiento verde. Cebolla. Zanahoria. Azafrán. Dicen que el azafrán es afrodisiaco. ¿Será?

Limpio la mesa de papeles, sobres cerrados y facturas expectantes. Le coloco encima el mantel de cuadros rojos, el que uso en los días de fiesta. En una hoja en blanco garabateo unas letras y la pego con cinta adhesiva en la puerta. La cena está servida, se lee. Regreso a la cocina y tomando la cazuela por sus dos azas, tiro en ajiaco caliente a la basura. Lentamente me desnudo y me acuesto sobre la mesa. Una mezcla de sabores y sazones emana de mi cuerpo. No todo está perdido, pienso y sonrío.

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Refugio

Refugio

Por Zahylis Ferro

Apreté las rodillas para asegurarte en tu sitio y me eché hacia atrás, la espalda arqueada, regalando, regalándome, regalándote. Sentí cada músculo tensarse pero me quedé muy quieta como quien guarda, espera, acecha, y no te dije nada, pero cuando volví a encontrarte en mis pestañas no te reconocí del todo sino que te recordé con tímido rubor de antaño.
Decidí enamorarme. Hay cosas que uno no quiere dejar en las manos errantes de la casualidad o el destino. Tenía que decidir y decidí. Aunque ya mis rodillas habían decidido por sí solas y mi cuerpo seguía decidiendo a cada vuelta del camino, y mis ojos no sabían si decidir o no, y eran mas sinceros que mi conciencia empeñada en opinar en un asunto en el que todo estaba dicho ya.
Me bastaron un puñado de escalofríos para entender que no estaba resfriada, que no era el cambio de tiempo, que nada tenía que ver con la brisa esta afiebrada imitación de piel con que me vestía y me desvestía por momentos. No necesitada mas. No hubiera podido resistir mas porque ya no me dominada la voluntad, la quitud de la voluntad era una ilusión óptica invisible a mis deseos.
Apreté las rodillas un poco más con la determinacion menguada y aunque había decidido enamorarme, aunque de sobra sabía que no había nada que pudiera alejarme de mi propósito, el encontrate a mi regreso, con las piernas entrelazadas en ti, empecé a olvidar los motivos, las razones y la lógica. O la ilógica posibilidad de la casualidad y el destino.
No quise pensar. Y aún no pienso.

Café con Leche

Por Zahylis Ferro

El café con leche caliente me supo caliente y amargo al resbalar por mi lengua aun empalagada por el caramelo de naranja. Un humo tenue se desprendió del vaso y me nubló la mirada, la mirada radiante que te había recorrido golosa a Cafe con lechelas primeras luces del alba. Mi garganta agradeció la calidez del líquido marrón aun cuando mis ojos se dolieron invadidos, y me estremecí en un movimiento instintivo para sacudir el frío y la tristeza. La decepción más que la tristeza.
Un rato antes había intentado un baño caliente sin resultado. La piel absorbió la tibieza y se quedó tiritando, pidiendo más, calada en su temblor hasta la raíz del presentimiento.
Luego mi mente se adentró en confusos juegos malabares, quizás para mantenerse activa, quizás tratando de activar en el resto del cuerpo la chispa que se había quedado dormida en mis pupilas. Y pensé en sol. Y no había sol. Y pensé en naranjas que se parecen a los soles y crecen como soles. Y no había naranjas. Y entonces busqué y me chupé un caramelo de naranja.
Pero nada disolvía el frío alojado en mis huesos y empecé a aceptar lo que no había querido aceptar hasta el momento: que la tibieza en mis ojos no podía derribar el hielo acumulado en tus montañas.
Entonces le llegó el turno al humo de nublarme la mirada. Le achaché de un tirón la culpa de mi desidia, como quien busca una solución a un problema más por pasar la página y acallar la inquietud que por resolver el problema mismo. A otra hora del día hubiera buscado el consuelo en la cebolla, pero ahora, amelcochada entre la naranja y el tímido sol creciente, condené a mi café con leche a la pena de muerte por encapotar mi mirada, porque era más fácil que aceptar que ya había nacido presintiéndose nublada.

Blanco y empolvado

Por Zahylis Ferro

El vendedor de helados vive a dos cuadras de mi casa. Lo escuchaba pasar cada tarde y aunque nunca salía a comprarle nada, mi imaginación se marchaba con él y se regocijaba, revolcándose en el frío dulzón, congelada hasta el tuétano y envuelta en una nube de sabor refrescante.

Lo escuchaba alejándose o acercándose, siempre en una dirección imprecisa, y la repetitiva música que emanaban de los altoparlantes resonaba en mis oídos horas después de haber desaparecido el sonido. No puedo precisar si era la música o la sensación de desarraigo que me crea la música, de notas conocidas y terriblemente alteradas, sacadas de tono, chillonas e irritantes. Por alguna razón, música triste hasta el silencio. No puedo precisar si lo que me hacía agua la boca era la imagen ingrávida del sabor del helado o las lágrimas que me rodaban por la cara seca.

Imaginaba al heladero gordo y grande, con gorro de panadero y cara noblona y feliz. Lo pensaba manejando una guagüita VW, hippie style, vieja pero inmaculadamente pintada de blanco marfil, decorada con flores y pájaros pintados a mano al estilo infantil.

Hoy lo ví, ejerciendo la función diaria de persona que regresa a casa después de un día de trabajo. Aparcaba su camioneta cargada de golosinas frente a  una puerta gris y no pude evitar la repulsión al ver una capa de polvo negligente adherida a unas viejas calcomanías que una vez fueron sugerentes y ahora son solo pegajosas. Lejos quedaron las flores y los pájaros pintados a mano sobre el lejano inmaculado fondo blanco de una guagua de marca desconocida. Lejos quedó el VW.

La música murió súbitamente cuando el vehiculo tomó posesión de la acera. Vivió por mucho más tiempo sin embargo en mis oídos hasta que cerré la puerta de mi casa a mis espaldas y me sacudí la tristeza polvorienta que ya poco sabía a helado.

Tarde en la noche, cuando la nostalgia de las sombras hizo estragos en mi estómago, la decepción visual de la tarde perdió peso ante un hambre naciente que se hacía agua en mi boca. Me envolví en un abrigo tejido dos tallas más grande que mi cuerpo y le toqué la puerta gris al vendedor de helados, motivada por una necesidad confusa de frutas y frío.

Al tercer toque abrió la puerta y me miró con cara de empacho. Serán los helados pensé. Será loca, habrá pensado él. Me tomó bruscamente del brazo y no me soltó hasta dejarme al margen de la calle desierta. No helado. No flores. No gorro de panadero. Al salir, mi abrigo, innecesariamente grande,  muriéndose ya de calor y despecho, rozó ligeramente el carro del helado dormido en la acera y dejó una marca profunda de polvo liberado.

De camino a casa escuchaba la música  repitiéndose lánguida en mis oídos, y una vez más el sabor de la fruta fría corrió por mis mejillas y se convirtió, al final de su viaje, en lágrimas que acompañaron mis palabras en su descenso triste a través de mi garganta.

Arpegio

Por Zahylis Ferro

El día que apareció en su vida había amanecido más triste que un parque sin niños. Y no era precisamente porque hubiera tenido un mal sueño. Ni un despertar agitado. Ni siquiera porque había tenido que trabajar dos semanas consecutivas sin una dia libre. Trato de pensar que era lo que más le gustaba de aquel manojo de notas sueltas y terminó por creer que era el simple hecho de sentirlas extrañamente propias. No pudo llegar más lejos en su razonamiento tardío. Sería como cuestionarse por qué a unos le gusta el chocolate y a otro la fresa. ¿Y que le gustaba a él? ¿Quizás la vainilla? Cuando abrió la boca para preguntarle le respondió el eco de su voz desde un sitio vacío. No era momento de preguntas ni tampoco de respuestas. Hay razonamientos que de tardíos pasan a ser eternos y de eternos a imposibles, lo que los hace más tardíos a su vez.
El dia que se fue amaneció feliz, nerviosamente feliz, extrañamente feliz por alguna razón desconocida. No lo vio irse. Había tenido una mañana de reunión en reunión. Planeaba una tarde de spa, masaje, y luego helado para refrescar. De chocolate, por supuesto.
Cuando la vainilla que rebosaba el cono se derritió completamente sobre el lado opuesto de la mesa vacía, se levantó y se fue. Sintió los ojos del empleado de la heladería clavarse en su espalda con rabia. Rabia por el desdén y el desorden encima de la mesa. Rabia por el derroche. Pero ya ella estaba muy lejos para sentirse odiar. Llevaba el olor a vainilla en las manos, el sabor a chocolate en la garganta, y en los oídos, haciendo eco en su tímpano, el manojo de notas sueltas que seguían pareciendo extrañamente propias. Es todo lo que necesito, se dijo a sí misma, y cantando, dobló la esquina por la que un rato antes, sin que ella supiese, había doblado él.

No soy dócil

Por Michael Sixto

Los que me conocen saben que no soy dócil. No me gusta entregarme fácilmente, me sobran razones para marcharme. Los que me conocen justifican mucho. Hace tiempo ha dejado de importarles. Ellos dicen que estoy loco. Yo no creo estarlo. En silencio me comparan con personajes de libros rusos leídos en momentos de hambre y hastío. Un anciano se me acerca y me pregunta si tengo frio. Niego con la cabeza e intento evadir su conversación. No parece molestarle que le ignore y me toma de la mano -Yo era como tu- me susurra mientras desaparece detrás de las gentes. Un autobús pasa velozmente dejando una gruesa estela de humo. La noche comienza a caer. El parque se transforma en albergue para lobos. Los que me conocen me llaman mijito, muchacho atormentado, pobre niño. Después me muestran los dientes como esperando que les devuelva la sonrisa. En la noche los que me conocen ya no logran distinguirme en la oscuridad. Me gusta la noche. Los lobos se me acercan y me quedo quieto. Hay algo en su mirada que me enfría por dentro. Me dejo comer y a la vez satisfago mi hambre. El anciano descubre la escena y pasa de largo… como si no me conociera. Hoy he decidido entregarme cuando me siguen sobrando razones para marcharme. Los que me conocen saben que no soy dócil, pero ninguno de ellos anda por aquí.

Juzgado (ada)

Por Zahylis Ferro

No tengo mucho que decir en mi defensa salvo que tampoco tengo mucho que decir en mi contra. Soy una mujer de pocas palabras. Me regalaste un cuento. Un libro. Unas canciones. Una hoja de libreta rayada repleta hasta los topes de frases extrañamente coherentes. Un lapicero sin tinta. El olor de la tinta gastada sobre la ropa. La seguridad de que sobraba tinta y sobraba ropa y era mejor dejar las marcas del lapicero sobre la piel, en los sitios donde el sol no quemaría las palabras. Un puñado de cartas que no me cabían en las manos. Una, y otra y otra sonrisa. Una y otra y otra emoción. Luego un mural para que lo embadurnara con esa mezcla de trazos que solo nosotros entendíamos. Palabras al azar pintadas con creyón de labios rojo. Espuma de palabras no dichas trepando los azulejos del baño, dejando toda suerte de proclamas entre el humo y la humedad compartida en un solo cuerpo.
Yo, mujer de pocas palabras al fin, quedé turbada ante tanta palabra con alas. Lo triste de las alas es cuando alzan vuelo, todas al mismo tiempo, como pájaros que un segundo antes de teñir de aletazos el cielo eran figuras inmóviles sobre el alambrado. Algo sórdido hay en la forma en que se van, algo cruel…
No voy a mentir. He silenciado las palabras. Y he hecho de su silencio mi cacería de brujas. Las busco, las atrapo, las sepulto en cajas que amontono en un rincón del garaje. “Aquí yacen las que un día dieron de que hablar,” reza la lápida que he improvisado para ellas. Lo sé, es mi culpa que no vuelen libremente las palabras. Las veo retorcerce en un charco de desidia y me regocijo para mis adentros. No las odio. Las resiento. Y por eso no puedo culparme. Juzgueme usted si quiere. Al final una palabra borra otra y no entiendo cual es el gran problema si de palabras y no de acciones esta repleto el mundo. Juzgueme, pero creame que puede pasarle un dia cualquiera. A cualquiera de nosotros.
El exceso cruje a lo lejos. Escuche bien. Aún me pregunto porque no solo desecho las palabras, pero hay algo extrañamente adictivo en mantenerlas vivas. Eso si, ya no intento hacerlas mías. Las palabras complacientes no son de nadie.