Comerse el Mundo

bancoPor Michael Sixto

“Es hora de salir a comerse el mundo muchacho”- me dice con una voz medio dulzona y con cierto tono melancólico. Es mi padre quien habla. Estamos sentados en uno de los bancos del doce plantas y es la primera frase que pronuncia en media hora. Mi padre es hombre de pocas palabras, creo. Nos quedamos en silencio una vez más viendo las personas apretujarse unas a otras tratando de montarse en la guagua que acaba de llegar a la parada. Son las seis de la tarde. Mi padre trata de convencerme de que mi vida no está en aquel país de atardeceres brillantes, sino en otro que no conozco aun. Es extraño escucharlo hablar de futuro por primera vez. Yo tengo dieciocho años, una novia medio comunista y una muchacha que recién he conocido que me ha hecho olvidarme de la novia medio comunista en menos de una semana. Y mi padre, ausente desde mi infancia, me habla de excitantes días por venir. “Es hora de salir a comerse el mundo muchacho”- repite otra vez y me parece que lo ha dicho más para sí mismo que para mí. Yo no respondo, ni siquiera le miro a la cara. La gente sigue llegando a la parada, alguien grita desde un balcón… pasan unos niños montando chivichana. La tarde comienza a dejar sus brillos detrás. Recuerdo que la muchacha que he conocido espera por mí en su casa. Le digo a mi padre que me tengo que ir. “Piénsalo mijo, es lo mejor para todos” Asiento con la cabeza y salgo caminando. A comerme el mundo, creo.

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Historias de mi barrio

Por Zahylis Ferro

(Pido a quien leen esto una licencia visual… porque al igual que Carlos Varela…mi televisor fue ruso.)

Dicen que las 3 de la tarde es la hora en que maraton a Lola. En el pueblo, el homicidio no hubiera sido posible hasta las 9 de la noche. Entonces si que a Lola no la salvaba ni el médico Chino, porque todos los televisores de encendían en el mismo canal y todos los ojos se quedaban fijos en la pantalla para vivir, más que simplemente ver, el nuevo capítulo de la telenovela.
– Te perdiste la novela anoche mi’ja. ¡Estuvo buenísima! – dijo mi tia, que sabía que había salido de la casa casi a la hora en que el reloj se congelaba en el pueblo.Mi televisor fue ruso...
– Que va tía, si la ví…

Y verdad era. Con las puertas y las ventanas abiertas, marcados por la extraña costumbre de colocar los televisores de frente o de costado a la puerta, no era necesario estar sentado dentro de las casas para ser testigo del drama televisivo.
La música conocida me llegó cuando aun no alcanzaba la primera calle del pueblo. Me apuré y llegué a la altura del portal cuando el protagonista, asombrado, descubría que la que había tocado a la puerta era la amante desaparecida años atrás. Ahí había acabado el capítulo anterior. Seguí caminado y desde la tercera casa de la cuadra me llegaron los primeros reproches por la aparición repentina y la ausencia prolongada.
Y así, de portal en portal, de televisor en televisor, seguí la trama del retorno, del resentimiento, y me adentré, como si estuviera frente a la caja mágica, en las vidas que ambos personajes vivieron mientras duraba la separación.
Al llegar a casa de mi amiga entré sin tocar en el momento justo en que ella le decía que había tenido que marcharse pero que ahora regresaba a presentarle a su hijo. La puerta, por supuesto, estaba abierta de par en par, y colocado diagonalmente en la esquina opuesta a la entrada, el televisor regalaba una visión emocionante. Mi amiga, su prima y su mama ni siquiera volvieron la cara para mirarme. Mi amiga, la más cercana a la puerta de las tres, se corrió hacia el otro lado del sofá y con la mano hizo un gesto para que me sentara. El resto de la noche transcurrió como de costumbre.

-Niña, ¡pero si tu saliste de aquí casi a las 9! ¡Volaste el camino!- dijo asombrada mi tía.
“No exactamente.” Pensé. Pero no dije nada.

Persistencia

Por Michael Sixto

Le sonreí avergonzado con el rostro casi escondido entre las piernas “Es que tenía muchas ganas”- le dije sin mirarla y me tumbé de lado en la cama. Rostro Por Michael Sixto“No te preocupes, igual lo disfruté”- entonces me abrazó comprimiendo su cuerpo contra el mío. Había sido mi primera vez. Los ochenta y siete segundos consumidos regresarían distorsionados una y otra vez a lo largo de mi vida. Con el paso del tiempo la pena fue pasando y ella, una vez más, cobró forma de mujer ante mis ojos. Una tarde, casi un año después, la perseguí hasta la parada del autobús y le robé un beso. Ahí, en medio de todos y sin preguntar volví a sentir el calor de sus labios. “Estás loco muchacho” me dijo y se echó a reír. Cuando toqué a su puerta  la mañana siguiente me recibió desnuda con ese cuerpo suyo que la primera vez me había pasado desapercibido. Era perfecta. A sus cuarenta aún conservaba un cuerpo de líneas finas que se abrían desde los hombros hasta las caderas. Sus piernas eran de una piel suave, tersa y firme. Sus pechos redondos todavía se empinaban victoriosos burlándose del tiempo. Los pezones, inmensos y erizados, en un juego interminable con los risos de pelo negro que caían despreocupados, invitaban a mucho más que una caricia. “¿Te vas a quedar ahí parado?” La puerta se cerró detrás de mí y un instante después mis ropas volaron por sobre su cabeza. Su lengua se escurrió por todo mi cuerpo y pude sentir como mi sexo le crecía dentro su boca. A empujones me fue llevando hasta el cuarto y me lanzó sobre la cama sin hacer casi con rabia. Su rostro se había trasformado y ahora, trepada sobre mí, me poseía como si fuera una bestia. Yo, desde abajo la miraba extasiado sin ofrecer resistencia. Y me decía que le diera por la cara, que la mordiera, que le halara el pelo, que le apretara las nalgas. Y yo trataba de hacer todo lo que me pedía a la vez sin lograr hacer nada y la seguía mirando medio asustado, medio en delirio, temblando en un escalofrío que se iba y regresaba. Entonces se derrumbó en un grito largo y agudo que me entró por los poros abiertos. Sin vergüenza esta vez, le susurré al oído “Todavía tengo muchas ganas”. Se sonrío con maldad… y me abrazó comprimiendo su cuerpo contra el mío.

Personaje huraño

Por Michael Sixto

Tengo los ojos rojos de no dormir, aunque mis amigos creen que es otra cosa. Ya quisiera yo. Si fuera así no tendría problemas. La rabia me ha convertido en un personaje huraño. Una mosca se me cruza en frente a los ojos y se burla de mi. Hoy quisiera ser el centro de mi universo y proyectarme sin miedo a dimensiones desconocidas. Estoy hablando mierda, quizás sí estoy fumao y no lo recuerdo. En fin. Tengo veintisiete años, un par de botas (como Carlos Varela) y ganas de salir volando, literalmente. No dejo de pensar en que todo es una mierda. Frustraciones que vienen con la edad. He intentado muchas cosas; cambiar de aire, buscarme una novia, experimentar con hongos alucinógenos. Nada ha funcionado, todo sigue siendo una mierda. Mi papá me habla de lo genial que hubiera sido todo si los rusos no se hubieran caído y Fidel no hubiera resultado ser un hijo de puta. Mi papá es un idealista, también un come mierda. Se pasó toda la vida con la cabeza puesta en los libros que leía y con el estómago vacío. A veces me parece que Macondo es real y que la ficción comienza cuando esos se levantan afeitados y salen a trabajar. No creo encontrar una respuesta. Es confuso afuera. La gente tampoco te lo hace muy sencillo. Todos, en realidad, quieren escapar pero con una sonrisa te cuentan lo genial que es su vida. Hipócritas hijos de puta. Se inventan historias para justificar la mierda. Se van a viajes que no pueden pagar a lugares que ni siquiera le gustan. Luego postean todas las fotos en facebook y esperan. Pacientemente esperan hasta que los like comienzan a llegar. Entonces, solo entonces creen ser felices y en un plástico y forzado orgasmo, se dan ánimos para la próxima aventura. ¿Dónde comienza la realidad? Who knows… yo no sé mucho, sigo con los ojos rojos medio perdido y sin ganas de nada. La rabia me ha convertido en un personaje huraño.

Tiempo de no hacer

Por: Michael Sixto

Me despierto temprano por el cantío de los gallos queriendo hacer muchas cosas. En un segundo descubro que no hay mucho que hacer. Estoy en un sitio donde el silencio atrapa las palabras y el hacer sin proponérnoslo se transforma en estar. Me cuesta acostumbrarme pero disfruto el estado de limbo en que los días transcurren sin necesidad de correr. ¿Correr a donde, correr por qué? Me cuesta entender los cómos pero desisto pronto de inventarme explicaciones. Prefiero dejar de pensar. Para suerte mía, puedo dejar de hacerlo. Yo estoy de paso y me puedo tumbar, a recolectar momentos largos, que no parecen terminar. Estoy en casa. La casa, que dicen muchos, regresa en el minuto final cuando no queda tiempo. Por las razones que sea, estoy aquí y hoy, este hoy tengo millones de razones para sonreírle a estos días que son un regalo, que son una pausa (única quizás) entre la locura que es el día a día de todos. La locura, la persecución, el ganarle la carrera al tiempo, el producir para tener, el tener para mostrar, el mostrar para sentirnos bien con nosotros mismos… no es la realidad de este sitio donde me encuentro hoy. Aquí las prioridades son otras, tal vez más básicas, más elementales, definitivamente más humanas. Me cuesta entender pero no lo intento, me siento bien en este “mundo de ficción” en el que voy de paso, pero estoy al despertar. Muy pronto el cantío de los gallos será substituido por ruidosos cláxones de autos que se desesperan por llegar… llegar. La pausa quedará detrás y muy pronto será un recuerdo. Vivimos alimentándonos de recuerdos, unos más permanentes que otros. Este de hoy seguramente no se desvanecerá por mucho tiempo. Y por mucho tiempo intentaré no hacer cuando ya no quede opción.

Kansas, Dorita y Toto

Por Zahylis Ferro

Son casi las tres y media de la madrugada y ahora termino de empacar. Escucho la voz de mi abuela con su chiste racista, que le verdad nunca le he oído aplicar a nadie que no fuera yo. “El negro que monta en coche aunque pague su dinero, por mucho que arree el cochero, siempre le coge la noche.” En unas horas la veré, y se reirá con su risita burlona cuando le haga el cuento del día y la noche de hoy, como diciendo, ¿tengo que repetirte la frasecita que ya conoces bien? La veré y  será como ha sido siempre: con esa picardía en los ojos que no envejecen aunque la piel arrugada a su alrededor claudique ante el paso del tiempo. En unas horas abrazare a los míos que me esperan cada día sentados en el portal, mirando al camino, ahora serpenteándose libremente, ya sin las matas de almendras interponiéndose a la vista. El olor a tierra pura, a yerba crecida por crecer, el ladrido de los perros y el glugluglu de los guanajos subiéndose a la mata de mango. Mucho a cambiado y en esencia todo sigue siendo lo mismo.  Dos que salimos hace ya muchos años, ahora regresamos tres. La vida de multiplica y el círculo se ensancha solo para estrecharse mejor. A fin de cuentas, como dicen por acá, I’m going home.