Comerse el Mundo

bancoPor Michael Sixto

“Es hora de salir a comerse el mundo muchacho”- me dice con una voz medio dulzona y con cierto tono melancólico. Es mi padre quien habla. Estamos sentados en uno de los bancos del doce plantas y es la primera frase que pronuncia en media hora. Mi padre es hombre de pocas palabras, creo. Nos quedamos en silencio una vez más viendo las personas apretujarse unas a otras tratando de montarse en la guagua que acaba de llegar a la parada. Son las seis de la tarde. Mi padre trata de convencerme de que mi vida no está en aquel país de atardeceres brillantes, sino en otro que no conozco aun. Es extraño escucharlo hablar de futuro por primera vez. Yo tengo dieciocho años, una novia medio comunista y una muchacha que recién he conocido que me ha hecho olvidarme de la novia medio comunista en menos de una semana. Y mi padre, ausente desde mi infancia, me habla de excitantes días por venir. “Es hora de salir a comerse el mundo muchacho”- repite otra vez y me parece que lo ha dicho más para sí mismo que para mí. Yo no respondo, ni siquiera le miro a la cara. La gente sigue llegando a la parada, alguien grita desde un balcón… pasan unos niños montando chivichana. La tarde comienza a dejar sus brillos detrás. Recuerdo que la muchacha que he conocido espera por mí en su casa. Le digo a mi padre que me tengo que ir. “Piénsalo mijo, es lo mejor para todos” Asiento con la cabeza y salgo caminando. A comerme el mundo, creo.

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