Historias de mi barrio

Por Zahylis Ferro

(Pido a quien leen esto una licencia visual… porque al igual que Carlos Varela…mi televisor fue ruso.)

Dicen que las 3 de la tarde es la hora en que maraton a Lola. En el pueblo, el homicidio no hubiera sido posible hasta las 9 de la noche. Entonces si que a Lola no la salvaba ni el médico Chino, porque todos los televisores de encendían en el mismo canal y todos los ojos se quedaban fijos en la pantalla para vivir, más que simplemente ver, el nuevo capítulo de la telenovela.
– Te perdiste la novela anoche mi’ja. ¡Estuvo buenísima! – dijo mi tia, que sabía que había salido de la casa casi a la hora en que el reloj se congelaba en el pueblo.Mi televisor fue ruso...
– Que va tía, si la ví…

Y verdad era. Con las puertas y las ventanas abiertas, marcados por la extraña costumbre de colocar los televisores de frente o de costado a la puerta, no era necesario estar sentado dentro de las casas para ser testigo del drama televisivo.
La música conocida me llegó cuando aun no alcanzaba la primera calle del pueblo. Me apuré y llegué a la altura del portal cuando el protagonista, asombrado, descubría que la que había tocado a la puerta era la amante desaparecida años atrás. Ahí había acabado el capítulo anterior. Seguí caminado y desde la tercera casa de la cuadra me llegaron los primeros reproches por la aparición repentina y la ausencia prolongada.
Y así, de portal en portal, de televisor en televisor, seguí la trama del retorno, del resentimiento, y me adentré, como si estuviera frente a la caja mágica, en las vidas que ambos personajes vivieron mientras duraba la separación.
Al llegar a casa de mi amiga entré sin tocar en el momento justo en que ella le decía que había tenido que marcharse pero que ahora regresaba a presentarle a su hijo. La puerta, por supuesto, estaba abierta de par en par, y colocado diagonalmente en la esquina opuesta a la entrada, el televisor regalaba una visión emocionante. Mi amiga, su prima y su mama ni siquiera volvieron la cara para mirarme. Mi amiga, la más cercana a la puerta de las tres, se corrió hacia el otro lado del sofá y con la mano hizo un gesto para que me sentara. El resto de la noche transcurrió como de costumbre.

-Niña, ¡pero si tu saliste de aquí casi a las 9! ¡Volaste el camino!- dijo asombrada mi tía.
“No exactamente.” Pensé. Pero no dije nada.

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