Princesas

Miami Art Basel 2011Por Zahylis Ferro

Esperaba a la salida del trabajo cada tarde a que pasaran por ella. Uno, tres, cinco minutos y luego, invariablemente echaba a andar sola. Al principio se apenaba y se colocaba el bolso al hombro y dada los primeros pasos con dolor, como si le pesaran los pies o si llevara piedras en el bolso. Al principio le dolía la ilusión y los ojos se le llenaban de gotas de mar contenido que morían a la orilla de sus espejuelos oscuros.

No había nacido para esperar. El cromosoma que facilitaba el contar ovejas no era parte de su información genética. Era una mujer de acción, de hacer pasar cosas, de propiciar, lejos de aguardar el cambio. Era, y su virtud había terminado pasándole factura, una mujer creativa, decidida, apasionada, valiente. Y solía aparecérsele al amor desnuda, cubierta de pies a cabeza por sobretodos negros, la cabeza perdida bajo paraguas tricolores mientras afuera llovía el mundo a pedazos. Solía enviar paquetes de amor por correo con seudónimos sugerentes y fotos de lugares con alguna significación y pedazos de canciones para escuchar en compañía. Solía limpiar cada rincón de la casa poniéndole al agua perfumes que sabía arrebataban al amor para después regalársele en el piso oloroso a limpio y a ella. Y cuando el amor esperaba que alguna locura nueva lo sorprendiera, solía quedarse quieta, muy quieta, a la expectativa, siendo simplemente ella, sorprendiéndolo de igual manera en la plena sencillez de la calma.

Ahora, sin embargo esperaba. El amor se le presentaba esta vez limitante y deforme, enjuto en los márgenes de la contención, y derrochador y explosivo por ratos, cuando finalmente encontraba salida por alguna de sus enclaustradas aristas. Ella, desconocedora de las mañas del amar con cautela pero alumna excelente en el sentido riguroso de la palabra, se dio a la tarea de adaptarse y adaptar el amor para que ni en el más oprimido de los días dejara de ser amor y para asegurarse de que nunca quedara sin aire lo que no por viciado sentía amor puro en su interior. Pero el aprendizaje era forzado, monótono y nunca la recompensa era lo suficientemente reconfortante como para que el esfuerzo valiera la pena. Tratando de aprender a amar se ahogaba y hubiera aprendido a vivir sin aire de haber sido posible, tan consagrada estaba a su lección, pero su cuerpo y sus ganas reclamaban bocanadas de vida cuando tirada ya sin fuerzas en el piso y morada por la falta de oxígeno, convulsionaba como pez fuera del agua.

Cada día, eso sí, pedía menos. Cada día pasaba más horas sin respirar. Cada día retardaba más las convulsiones. Ella, acostumbrada a sorprender, ahora aguadaba la sorpresa de que un día, sin avisar, el amor la esperara a la salida del trabajo, un deseo simple que considerara el más tierno del mundo desde que viera aquella película española que hablaba de princesas.

Y cuando ya casi mutaba en una suerte de criatura autónoma con capacidades de supervivencia dignas de ser documentadas en los anales de la historia, una destello de claridad similar al que da a los enfermos unas horas antes de morir le recordó la calidez de moldear el amor con sus manos, la tibieza del sobretodo negro en el cuerpo desnudo, la tenacidad para atrapar recuerdos en una caja de cartón. El efecto fue irreversible. Ya no pudo completar la conversión. Trató de no escuchar razones. Trató de ignorar motivos y aunque el corazón sangraba, no se resignó a vivir sin aire.

Una vez más, con la paciencia de una buena alumna aplicada empezó el regreso a sus ilusiones y a su humanidad. Su amor no sería amor si tenía que dejar de serlo, se dijo con determinación. Sin embargo, a la salida del trabajo, no por mucho tiempo, claro está, pero con el pecho aun henchido de ilusión, aún espera.

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4 pensamientos en “Princesas

    • Gracias!!!! Es una de esas historias que se viven de principio a final en la cabeza de uno antes de poder ponerla en palabras. Me alegro mucho que haya quedado bien contada. Un abrazo

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