Persistencia

Por Michael Sixto

Le sonreí avergonzado con el rostro casi escondido entre las piernas “Es que tenía muchas ganas”- le dije sin mirarla y me tumbé de lado en la cama. Rostro Por Michael Sixto“No te preocupes, igual lo disfruté”- entonces me abrazó comprimiendo su cuerpo contra el mío. Había sido mi primera vez. Los ochenta y siete segundos consumidos regresarían distorsionados una y otra vez a lo largo de mi vida. Con el paso del tiempo la pena fue pasando y ella, una vez más, cobró forma de mujer ante mis ojos. Una tarde, casi un año después, la perseguí hasta la parada del autobús y le robé un beso. Ahí, en medio de todos y sin preguntar volví a sentir el calor de sus labios. “Estás loco muchacho” me dijo y se echó a reír. Cuando toqué a su puerta  la mañana siguiente me recibió desnuda con ese cuerpo suyo que la primera vez me había pasado desapercibido. Era perfecta. A sus cuarenta aún conservaba un cuerpo de líneas finas que se abrían desde los hombros hasta las caderas. Sus piernas eran de una piel suave, tersa y firme. Sus pechos redondos todavía se empinaban victoriosos burlándose del tiempo. Los pezones, inmensos y erizados, en un juego interminable con los risos de pelo negro que caían despreocupados, invitaban a mucho más que una caricia. “¿Te vas a quedar ahí parado?” La puerta se cerró detrás de mí y un instante después mis ropas volaron por sobre su cabeza. Su lengua se escurrió por todo mi cuerpo y pude sentir como mi sexo le crecía dentro su boca. A empujones me fue llevando hasta el cuarto y me lanzó sobre la cama sin hacer casi con rabia. Su rostro se había trasformado y ahora, trepada sobre mí, me poseía como si fuera una bestia. Yo, desde abajo la miraba extasiado sin ofrecer resistencia. Y me decía que le diera por la cara, que la mordiera, que le halara el pelo, que le apretara las nalgas. Y yo trataba de hacer todo lo que me pedía a la vez sin lograr hacer nada y la seguía mirando medio asustado, medio en delirio, temblando en un escalofrío que se iba y regresaba. Entonces se derrumbó en un grito largo y agudo que me entró por los poros abiertos. Sin vergüenza esta vez, le susurré al oído “Todavía tengo muchas ganas”. Se sonrío con maldad… y me abrazó comprimiendo su cuerpo contra el mío.

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