Miradas

Por Michael SixtoEnredadera

Regresar por sobre los pasos que había dejado en la mañana y descubrir que aun aquella fría soledad invadía el camino de volver, destrozaban aquel remoto deseo de querer ser gente, de querer vivir cual canto, olvidando las carencias de mi pequeño mundo reducido a una casa.

Trozos de remembranzas se amontonaban comprimiéndose en cada una de las paredes y ninguna aceptaba la realidad. Puertas, ventanas, piso y techo, una verdadera casa en la que se ahogaba la soledad. Ahí, esparcido por los vientos de la madrugada, la lechuza suele reconocerme cuando inevitablemente me abandono al zumbar angustioso de los mosquitos y mis piezas regresan nuevamente armadas para darle función al viejo del tiempo. Pasan los años, muere la conciencia y la casa parece como más triste. Las enredaderas del desconsuelo trepan una y otra vez buscando la cima por las paredes agujereadas y mohosas. Los niños que ya crecen se van alejando maldiciendo la casa y los padres han encerrado a los que han querido traspasar la alta reja de hierbajos y espinas que cubren próvidamente cada hendedura, cada pedazo de suelo envenenado. Poco a poco el camino de pasos construido a través de los siglos, se va haciendo visible  (es el destino como dijera alguien: tal vez yo) en otro tiempo o en otro mundo, que en cualquier momento pudiera desaparecer también.

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