Soledad II

Por Michael Sixto

En los tiempos en que los niños aun tenían la inocencia de ver una casa hecha de dulces y caramelos, creía sentirme completo. Con mis viejos y fétidos ropajes de bruja, interpretaba el papel que me había inventado. El ogro, debajo del puente, en las noches me escuchaba cantar mientras devoraba mis presas. Por aquellos tiempos el ogro me temía. En realidad le temía a lo desconocido. El ogro y yo desde siempre nos supimos cerca, pero cautelosos, jamás intentamos cruzar nuestras fronteras. Cuando no tuve que comer y dejé de cantar el ogro comenzó a preocuparse. Así fue que salió de debajo del puente y me encontró cayéndole a mordiscos a una de las ventanas de la casa. Las confesiones siguieron después, como justificando, y la vida de los dos recobró sentido. Sentados frente a la hoguera que calienta el agua en la olla vacía, una vez más, canto una canción. A lo lejos los niños escuchan e intoxicados por la melodía retoman el camino olvidado. Muy pronto el ogro regresará a donde pertenece. El ogro sabe que mi música nunca ha sido para él, pero no le importa…  debajo del puente, aun la puede saborear.

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