Blanco y empolvado

Por Zahylis Ferro

El vendedor de helados vive a dos cuadras de mi casa. Lo escuchaba pasar cada tarde y aunque nunca salía a comprarle nada, mi imaginación se marchaba con él y se regocijaba, revolcándose en el frío dulzón, congelada hasta el tuétano y envuelta en una nube de sabor refrescante.

Lo escuchaba alejándose o acercándose, siempre en una dirección imprecisa, y la repetitiva música que emanaban de los altoparlantes resonaba en mis oídos horas después de haber desaparecido el sonido. No puedo precisar si era la música o la sensación de desarraigo que me crea la música, de notas conocidas y terriblemente alteradas, sacadas de tono, chillonas e irritantes. Por alguna razón, música triste hasta el silencio. No puedo precisar si lo que me hacía agua la boca era la imagen ingrávida del sabor del helado o las lágrimas que me rodaban por la cara seca.

Imaginaba al heladero gordo y grande, con gorro de panadero y cara noblona y feliz. Lo pensaba manejando una guagüita VW, hippie style, vieja pero inmaculadamente pintada de blanco marfil, decorada con flores y pájaros pintados a mano al estilo infantil.

Hoy lo ví, ejerciendo la función diaria de persona que regresa a casa después de un día de trabajo. Aparcaba su camioneta cargada de golosinas frente a  una puerta gris y no pude evitar la repulsión al ver una capa de polvo negligente adherida a unas viejas calcomanías que una vez fueron sugerentes y ahora son solo pegajosas. Lejos quedaron las flores y los pájaros pintados a mano sobre el lejano inmaculado fondo blanco de una guagua de marca desconocida. Lejos quedó el VW.

La música murió súbitamente cuando el vehiculo tomó posesión de la acera. Vivió por mucho más tiempo sin embargo en mis oídos hasta que cerré la puerta de mi casa a mis espaldas y me sacudí la tristeza polvorienta que ya poco sabía a helado.

Tarde en la noche, cuando la nostalgia de las sombras hizo estragos en mi estómago, la decepción visual de la tarde perdió peso ante un hambre naciente que se hacía agua en mi boca. Me envolví en un abrigo tejido dos tallas más grande que mi cuerpo y le toqué la puerta gris al vendedor de helados, motivada por una necesidad confusa de frutas y frío.

Al tercer toque abrió la puerta y me miró con cara de empacho. Serán los helados pensé. Será loca, habrá pensado él. Me tomó bruscamente del brazo y no me soltó hasta dejarme al margen de la calle desierta. No helado. No flores. No gorro de panadero. Al salir, mi abrigo, innecesariamente grande,  muriéndose ya de calor y despecho, rozó ligeramente el carro del helado dormido en la acera y dejó una marca profunda de polvo liberado.

De camino a casa escuchaba la música  repitiéndose lánguida en mis oídos, y una vez más el sabor de la fruta fría corrió por mis mejillas y se convirtió, al final de su viaje, en lágrimas que acompañaron mis palabras en su descenso triste a través de mi garganta.

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2 pensamientos en “Blanco y empolvado

  1. Esta historia me recuerda algo de mis tiempos adolescentes.
    Definitivamente a veces es mejor vivir de la ilusion, que “chocar” con la realidad. Verdad?
    Por mi casa tambien hay un heladero en su carrito. Mami lo odia, porque la musiquita la despierta, inoportuna, cuando intenta dormir los sabados. Cesar, sin embargo, lo adora. Y por eso, me cae bien.
    Me encanto tutica!!!!

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