El “Volver” de Marianne

Existe una costumbre que mi prima Dayme llama “Regalo de Jueves” y de la que yo suelo acordarme todos los días excepto el bendito jueves. Cada jueves, sin falta, un “algo especial” entra a mi buzón de correo electrónico. Y ese algo que no espero, que es siempre mágico y siempre dice algo que quiero, debo o necesito escuchar, es algo que muchas veces termino compartiendo luego. Este regalo de Jueves me lo robo de ella y de la autora, a quien admiro y he aprendido a querer porque si, desde la pagina cibernética donde descubro su esencia, y lo traigo aquí, para compartir un “volver”  personal que es de cierta forma colectivo. Si te sorprendo, Marianne, ¡yo feliz! Dayme, gracias por ser escarabajo que no se cansa de escarbar y encontrar portentos.

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Por: Marianne (El diario de Marianne)
Sabado, Octubre 15, 2011

En cierta medida, esta nueva ciudad donde vivo me sume en un letargo como el de esos días de verano en que habito un colchón drenada por el calor. El gran debate es cómo subsistir fuera de la ficticia burbuja del paternalismo que por años me amamantó. Pasé de ser hija y esposa, a madre y cabeza de familia en una economía de mercado que entró de sorpresa con un cercano cambio de localidad geográfica  bajo un mismo clima y otra estructura social.

Con cada regreso a la isla la conmoción pulula. Para el primer viaje, hice planes minuciosos de charlas hasta bien entrada la noche tratando de cubrir una ausencia de tres años. La realidad fue sorpresiva. Unas horas después de haber pisado tierra entendí cabalmente que ya no podía vivir en aquel Macondo y que ese pedazo de tierra al que pensaba volver después de retirada ya no sería mi hogar. Aunque luchaba internamente por adaptarme a un nuevo régimen de vida, el que me acompañó durante veintiseis años me resultaba radicalmente ajeno y me hizo reconocer el nuevo como permanente. Ese fue el primer encontronazo. ¿Adónde van a parar cinco lustros que armaron mi espíritu?  Mis padres decidieron quedarse en la villa para cuidar a los suyos cansados de llevar sangre migrante en las venas y luego se les hizo muy tarde para volver a empezar. Se resignaron a ver partir a sus hijos quedando el nido vacío. Los amigos dispersos por el mundo, salvo algunos pocos que no pudieron escapar o se acomodaron a ciertas prebendas sórdidas que acallan el ser.

En la isla, el tiempo vive detenido. Despierto a las siete de la mañana a tomar un café y sentarme en el portal a ver pasar las mismas caras. La imposibilidad de compra y venta de casas, sepulta a las personas en domicilios que se han agenciado. Los vecinos te abren la verja de la casa sin invitación previa y te plantan un beso sonoro en las mejillas-“Estás igualita, tú no engordas”. No acabo de entender por qué asocian primer mundo con adiposidad. Me preguntan de mi vida y trato de explicarles cómo funciona, intento ilusorio, hay experiencias que no son palpables sino en la piel. Es como las parejas que van a contarle al cura sus problemas matrimoniales. ¿Qué entiende ese señor  de dinámica de pareja, de cuentas compartidas, de frialdad sexual por tensiones múltiples?

Los recuerdos de mi crianza me levantan en vuelo. Leo en mi lengua materna, los días se alargan para que devore un libro tras otro rememorando los años en que nadie me esperaba y la lectura dictaba mi agenda.   La isla me apapacha de la mano de la cocina de mi madre, vuelvo a ser la niña de la casa. Las horas transcurren recostadas en su cama escuchando conciertos de piano. Cada viaje supone un cotejo de fuerza moral. Creo que la distancia la embarga con el temor de la cercanía de su trayecto luctuso y que le queden historias por desentrañar. Animo a mi padre a meternos al cuarto de la terraza para buscar libros y vinilos para traerme a mi nuevo hogar. Me cautivan los estantes depositarios de bienes de abolengo traducidos en páginas amarillas de impresiones baratas y portadas encuadernadas resistiéndose al paso excesivo de los años y el uso desmedido. Mi abuela se refería a esa habitación como el cuarto de la doméstica, reíamos con su arrogancia de provinciana acomodada. En realidad era el cuarto de Nila que venía de lunes a viernes a cocinar y limpiar. Los sábado eran de almuerzos en el 1830 y los domingos se alternaban entre “Las Ruinas” y las mediasnoches que mi abuelo acompañaba con café con leche pasadas las seis y media de la tarde. Mi padre adoptó a Nila como un familiar más y aunque ya no estaba en casa para la época en que comencé a hacer mis recorridos habituales por la cocina, el aroma de sus guisos y la jarana de mi padre llegaron a mi vida con una frescura de cascada. Después de la muerte de mi abuela mi padre convirtió la habitación de Nila en custodio absoluto de su mejor tesoro: los libros.
Los libros estuvieron en mi vida desde que tengo uso de razón. Mis padres hicieron el apartamento de mi madre su morada cuando comprendieron que vivir con mi abuela sería una faena humanamente imposible. Debido a lo reducido del espacio las paredes se llenaron de repisas acopiando libros y hasta en el cuarto de baño teníamos un librero. Recuerdo que aprendiendo a leer en primer grado pasaba más minutos de lo previsto en mi aseo descodificando títulos en los tomos de los libros hasta que el grito de mi madre me llamaba a cenar. En aquella época había un volumen amplio que tenía un matiz misterioso para mis seis años pues no lograba imaginar de qué trataba ese libro que volvía una y otra vez a la mesa de noche de mi padre y que mostraba a grandes letras “La Civili Zación Maya”.

Otro rito obligado es mi paseo por la parte “vieja” de la ciudad. Los sábados en la tarde eran “días de ir a la Catedral”. Mi madre se perdía entre los artesanos buscando sandalias y bolsos de piel en lo que mi padre nos daba a mi y a mi hermana una visita dirigida a cuanto museo y calle se le pusiera delante. Durante mis útimos dos viajes mi padre se ha resistido a esas caminatas así que me he ido con mi madre que siempre se entusiasma con la idea de comprarle a los vendedores que rodean La Plaza de Armas y recurre a ellos buscando para su nieta libros infantiles con ilustraciones magistrales que son difíciles de conseguir. Me gusta caminar por callejones poco transitados y tomar fotos de gente real sin afeites de promoción turística.

La villa es seductora. La brisa marina y la luz tropical realzan las edificaciones que caen a pedazos. Las ruinas aún se imponen contando historias de una heterogeneidad a ratos déco, ecléctica o nouveau. Este viaje hice algo inusual, caminé por el Paseo del Prado hasta llegar al mar. La similitud con mi caminata por Las Ramblas el verano anterior fue conmovedora. Recuerdo haber caminado desde el mar adentrándome hacia la ciudad pero en esta ocasión el recorrido a la inversa ofreció un panorama completamente diferente, saliendo de la sombra de los árboles y una urbanización en forma de chaflán por una vía que conduce a la anchura del mar.

La despedida es siempre aciaga. Vuelvo a sentir que privo a mis padres de lo mejor, vuelven sus miradas perdidas, como un acto que queda inconcluso.

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6 pensamientos en “El “Volver” de Marianne

  1. Que linda la idea de Dayme. En este mundo tan loquito, deberiamos hacer cositas asi de especiales mas seguido…porque quizas nos hagamos sino la vida mas linda, al menos mas facil de vivir.
    Muy lindo el escrito!!!!

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