Quince minutos de nada

Por Zahylis Ferro

Intento. Realmente lo intento. Se habla del poder de la mente. Del poder controlador de la mente. De que también la mente necesita vacaciones. Debe ser agradable dejarse controlar. Un ratico al menos. Hace mas de tres años compré 15 minutos de relajación. En un estuche pequeño, con letras pálidas e imágenes de frutas sugerentes, prometía una sensación refrescante para la piel de la cara y de paz y relajación para el resto del cuerpo. Han faltado los momentos y han sobrado las gavetas para esconder el efecto prometido, y otras veces he de decir que ha faltado la memoria, y la cita esperada se ha visto irremediablemente pospuesta. Hoy decidí parar el mundo. Parar mi constante inquietud y mi perenne intención de hacer, y vivir 15 minutos de nada.

Con entusiasmo infantil abrí el paquetito y comencé a aplicarme la crema viscosa sobre la cara. Olía a muchas frutas juntas. Aun siento la esencia perfumada a macedonia exótica  lamiéndome los poros.

Como por arte de magia el universo se apagó lentamente. Mi hija fue a jugar a su cuarto. La casa se volvió silenciosa. El teléfono no sonó. Para ayudar un poco apague el televisor y me senté en la “silla de papá”, dispuesta a pasar los 15 minutos siguientes con la mente en blanco.

Si hubiera dicho que iba a pasar 15 minutos poniendo la mente en blanco hubiera sido más honesta. Tratar. Que no es lo mismo que lograr. Lograr debería ser algo a lo que se llega sin tratar, sin esforzarse. Poner la mente en blanco es más difícil de lo que nunca hubiera creído. Mi amigo Manolito decía siempre que tengo pensamientos con cola. La cola hoy ha sido las larga que el pelo de Rupunzel, mas larga que los 15 minutos mismos en los que no he dejado de pensar, en los que aun sigo pensando.

Quince minutos de nada se abarrotaron de todo, y hacinados hasta la desesperación se pusieron fin a si mismos, en un mejor intento consumado que el que trataba yo en vano de lograr.

La mascarilla se deshizo con el agua. El agua se secó en la toalla roja. La toalla,  posiblemente encima de la cama, aun está húmeda. Como mis ojos, que hoy no entienden de escapadas, y definitivamente no pueden resistir el contacto con los lentes.

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