El arte de acelerar sin miedo

Por Zahylis Ferro

En el camino de mi casa al trabajo de mi mamá, particularmente en las noches que salgo con poco tiempo para hacer el recorrido, el buscar una distracción mental para no desesperarme en mi tardanza me hace desviar la atención hacia pequeñas cosas que veo en el camino. Observar, pensar, teorizar y sacar de contexto…el proceso más o menos se repite siempre.
Desde hace unas noches atrás vengo pensando en los tipos de conductores que circulan las calles. Vengo pensando, más concretamente, en los conductores inconsistentes, los que aceleran de pronto y frenan cada cinco segundos, los que no mantienen una velocidad ni remotamente constante sino que llevan una carrera de media distancia y sin relevo que desestabiliza a los que avanzan a su retaguardia.
Inconsistentes o impacientes, no estoy segura, pero en cualquier caso, locos por meterle el pie innecesariamente a un acelerador que acelera poco y por corto tiempo, frenando bruscamente y matando la ilusión de una carrera, mutilada desde el momento mismo de su concepción.
Razones más tangibles que el mero deseo de acortar las distancias – otros autos en la vía por ejemplo- hacen al conductor caer en la trampa de la inconsistencia, eso, y creo yo, una chispa de prudencia, un bombillo que se alumbra y les recuerda que no hay nada que hacer, y que es mejor mantener un espacio entre carro y carro aunque sea menor que el sugerido.
La luz roja del freno me confirma una vez más que el tráfico no ha desaparecido por arte de magia, que mi antecesor aun no vuela, y que muy a su pesar tampoco puede saltarle por encima a los demás autos; me confirma que no importa cuanto corramos a corto plazo, si a la legua se avizoran millón y medio de obstáculos para llegar al destino.
Imagino que en una carrera de obstáculos, donde todos los otros factores permanecen constantes, el corredor con menos inconvenientes en la vía es el ganador. Y se me hace incomprensible el engañarse y engañar a otros con artilugios poco creativos y maniobras forzadas, cuando al asunto en cuestión no es alardear de habilidades personales sino lidiar con las adversidades de la mejor manera. Se me hace extraño el recurrir a una velocidad prestada generando ansiedades externas para mitigar la necesidad de sentirse en control, un control que contrasta con los elementos circulando en derredor.
Nada como poner los pies en la tierra -o las cuatro gomas sobre el pavimento- reconocer lo que podemos y no podemos controlar, y actuar en consecuencia con el mundo. Nada como darse cuenta que somos seres sociales y que aun cuando en términos de auto-estima no haya nada en el mundo más importante que uno mismo, somos parte de un engranaje mayor, al que la mayoría de las veces tenemos que adaptarnos. Nada como mirar hacia adelante, concentrarse en el objetivo, limpiar el camino de impedimentos que nos distraigan del ansiado punto de destino, y si no es posible, si la ruta es aciaga y lenta, buscar una nueva estrategia para hacer del viaje algo que valga la pena recordar. Hacer el recorrido a tropezones cansa más que pelear contra molinos de viento. La idea debiera ser estudiar el terreno y buscar la ventaja que nos lleve a, finalmente, libre de frenos, poder acelerar sin miedo.

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