De Barcos que se cruzan en la noche

Por Zahylis Ferro

¿Qué si me lo esperaba? Un poco sí. En la presentación de Barcos que se cruzan en la noche, con un tino de maestro o mas bien de creador, Andrés Jorge escogió cuatro fragmentos para leer que fueron claves para crearse una imagen de la novela como entidad. Por eso, y porque como dije anteriormente en un artículo que escribiera para Neo Club Press en que hago referencia a Andrés Jorge y a Barcos… hasta cierto punto anticipaba que al pasar estos barcos, en mis costas subiría la marea.
Y es que Barcos… es el libro que otros han contado a su manera, contado esta vez, a la manera única de alguien que se sabe dueño de un pedazo, vivo, de historia mal ahogada. Ya lo había dicho Andres Jorge en la presentación, que este era un libro que el estaba destinado, por decirlo de algún modo, a escribir. Que sabía exactamente lo que quería decir y como quería decirlo. Que en pocas palabras, lo llevó siempre dentro como se llevaba uno a uno mismo. Esa fue otra razón por la que me adentré en el mar de Barcos… con la seguridad de que con o sin salvavidas, estaba condenada a dejarme llevar por sus corrientes.
A quienes piensan en leerlo, y se los recomiendo vehementemente, no vayan buscando en Barcos… el romanticismo de las mareas, ni el vaivén de las olas, ni la poesía de los corales, los caracoles o los suspiros de marinos que pintan el mar de cielo. La historia de Adrián, Miguel, Zuni, Mariana, el Gallego y la Isleña, Irina, Sanya y hasta el mismo Lanchero son desgarradores pedazos de historias cotidianas con las que crecimos los que salimos ya con la conciencia formada de “la isla grande,” del “aquello” que visto desde allí, es simplemente “esto.” Historias como las de ellos fueron, si no la realidad de generaciones mas jóvenes como la mía, si las canciones de cuna con las que nos arrullaron, las fábulas con las que crecimos y de donde sacábamos una “moraleja” confusa que tratábamos de adaptar a la situación, sin sacar, eso si, ninguna conclusión rotunda. Barcos… se adentra en un mar de lágrimas lloradas por generaciones, de turbulencias sufridas por generaciones, de sueños cercenados o sacrificados en el mejor de los casos para lograr ciertas realidades lejos de el “esto” que nos vio nacer pero se quedó sin espacio para nosotros. Barcos hemos sido y así, barcos, nos hemos cruzado con otros barcos, de otros tiempos a veces, y otras veces de nuestros mismos tiempos, tan ajenos en ambos casos que se sienten invariablemente desfazados.
Andrés Jorge tenía razón. Hay historias que nos poseen y esas hay que escribirlas. Hay que contarlas por esos otros que también las poseen pero que nos saben o no pueden contarlas. Gracias por hacerlo de esta manera tan transparente, tan amena y tan fiel. Por recrear con frases comunes un mundo de metáforas que son el pan nuestro de cada día, dentro o fuera de la “isla grande.” Y por no escatimar en recursos que sin darnos cuenta nos pescan y nos dejan así, agonizantes, y en el mejor de los casos, con el agua al cuello, pero nunca secos, nunca sanos y salvos, nunca ajenos.
Estos Barcos que se cruzan en la noche son nuestros barcos y como ellos, este libro anuncia una travesía larga, en buen y mal tiempo, en el que nuestros barcos crujen, pelean, se aferran, se curan las heridas de guerra, pero no naufragan.

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4 pensamientos en “De Barcos que se cruzan en la noche

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