El lector

Por Zahylis Ferro

El hombre se había entregado al placer que le regalaba aquel libro encontrado. Aquel libro tímido que se le había dado sin imposición, sin arrogancia ni ánimos de grandeza, se le había metido dentro de una manera incalculable y ahora le quitaba el sueno. Llevaba una semana dedicándole cada momento libre del día. Lo leí en el trabajo a la hora del almuerzo,  entre cucharada y cucharada de comida medio tibia medio fría que el horno de microondas y la desgana no habían logrado calentar uniformemente.  Lo leí en los cinco minutos que se tomaba para ir al baño entre llamada y llamada de rutina. Trataba de leerlo al llegar a casa pero ya ahí la historia cambiaba. La casa, llena de ruidos, demandas y responsabilidades no era un buen lugar en el que refugiarse a leer, en el que perderse en la lectura.

El final se acercaba y la expectativa y la ansiedad lo quemaban por dentro. Solo quería leer. Pero no podía hacer solo eso. Recordaba con nostalgia los tiempos pasados en los que solía leerse un libro de 300 y tantas paginas en tres o cuatro días. Aquellos tiempos en que Cien Años de Soledad se vivieron en 72 horas y Los Miserables lo hicieron sentirse el hombre mas afortunado del planeta, eran historia aprendida y grabada para siempre en la memoria, pero historia al fin, vivida y casi imposible de recrear.

Había planeado el momento por días. Había calculado milimétricamente cada pequeño detalle, esperando por que se hiciera de noche y la casa se tornara finalmente silenciosa. Había imaginado pasar la noche entregado a ese libro que ya le regalaba su desenlace. Encendió la lámpara de su mesa de noche para no despertar a su mujer que tenia que levantarse temprano al día siguiente. El también, pero no importaba. Trajo un vaso de agua con hielo y lo coloco sobre un porta vasos al lado de la lámpara. Se puso los audífonos y bajo el volumen del iPod hasta que Bach  fue solo un murmullo acariciador en sus oídos. Y se puso a leer. Por horas estuvo así, absorto, en su mundo propio dentro de aquel mundo ajeno y prefabricado. Y cuando miro el reloj y vio que eran las tres de la madrugada, pensó que en solo tres horas mas debía levantarse para ir al trabajo, y si no dormía nada el día se le iba a echar encima con una furia de venganza y le recordaría a cada segundo que la noche había sido larga sin razón Pensó luego que no, que aunque se cayera de sueño frente a la computadora, nada le quitaría la satisfacción de haber hecho lo que tenia deseos de hacer. Y la idea del triunfo lo hizo sonreír. Pero luego recordó la reunión del día siguiente, la posibilidad de que se retrasara, el montón de cosas que tenia que hacer luego de terminar y cuando la sonrisa se hubo evaporado de sus labios, se dijo así mismo “bueno, ya he leído bastante.” Puso el libro bajo la almohada como en los viejos tiempos, apago la luz, y así, cansado pero sin sueño, se fue a dormir.

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