De platónico a real

Por Zahylis Ferro

Desde pequeña había venerado a ese hombre. No era un simple amor banal y platónico lo que corría por sus venas, sino una deliberada, profunda e irreverente idolatría, que había marcado toda su vida, desde su reticencia hacia la entrega hasta su paliducha melancolía, pasando invariablemente por una reprimida pasión mal controlada que en su caso tenia nombre y apellidos propios.

Coleccionaba fotos, recortes de periódicos y revistas donde apareciera la mas minima referencia al cantante o a su música. Sus álbumes, todos, muchas veces hasta repetidos en diferentes formatos, formaban la única colección que había tenido paciencia para mantener un su vida, la del hombre de sus sueños.

Y de sus sueños era, etéreo como su imaginación, escurridizo como su propia piel húmeda de deseos, latente y apasionado como ella era capaz de sentirlo revolcándose entre sus piernas, hundiéndose en sus perdiciones, seduciéndola en un espectro de 360 grados en el que dejaba de sentirse y era poco mas que un cuerpo inanimado donde piernas y senos y brazos y sexo y labios y caderas y manos habían convergido solo para morir regalándose.

Ahora por primera vez en su vida vería a ese hombre que la hacia temblar por dentro. El, ignorante dueño de sus orgasmos concebidos en sabanas blancas. El, domador de sus fieras, total desconocedor del poder que su voz tenia sobre ella,  capaz de domesticarla, amaestrarla, convertirla en esclava dulcemente feliz de saberse presa.

Estudio cuidadosamente la distribución del teatro en el que se cantaría en presentación única. Escogió su asiento, tan cerca como su realidad monetaria pudo permitirle, y se contento con imaginarlo cada día con mas fuerza y pasión que antes, resignándose al hecho de que nunca estaría suficientemente cerca. Compro ropa interior nueva, muy sexy, a juego con la ropa y los zapatos, también nuevos que llevaría al concierto. Y espero.

Los acordes de la guitarra la hicieron erizarse hasta el pelo. Una corriente de adrenalina la empujó fuera del asiento, y aplaudiendo como una loca no pudo ya volver a sentarse, ajena a las criticas de los desafortunados que se sentaron a sus espaldas y que jamás compartirían su emoción por aquel hombre y su música. Aun así, a mitad del concierto, ya eran muchos los que se habían puesto de pie y cantaban a grito limpio las melodías conocidas y aplaudían con fuerza y pedían canciones, a pleno grito también, entre cada nuevo final y principio.

Y en un arranque de pasión, descontrolada al fin, se quitó el sostenedor que contenía sus senos palpitantes pegados al pecho, y así, tibio de su cuerpo, lo lanzó al escenario, con la esperanza de que su calor abrazara al hombre, lo envolviera siempre y lo acompañara de por vida.

El sostenedor negro y sexy nunca llego al escenario. Murió en las piernas de otro fanático soñador a quien siempre le habían gustado los senos pequeños y los corazones grandes.

“Tengo algo suyo señorita,” la sorprendió una voz desconocida a la salida del teatro.

“Como sabe?” y la voz se salio incrédula y sorprendida cuando vio al hombre extraño, sujetador en mano, esperándola, seguro de haberla encontrado, sin dudas ni titubeos, a la salida del teatro.

El sonrío a modo de respuesta y le ofreció la mano que le quedaba vacía. Juntos salieron del teatro sin mirar atrás, mezclándose entre la muchedumbre exaltada sin decir palabra.  En sus oídos, aun latente, la melodía que había servido de preludio milenario para aquel encuentro casual.

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