El que no busca encuentra…

Por Zahylis Ferro

La primera vez que no encontró respuesta a sus preguntas escribió una letanía sin puntos ni comas en una servilleta y luego se seco el sudor con ella. La tinta le tatuó la piel con símbolos ilegibles que a cada lector le recordaba un poco de sus propias historias.
La segunda vez ni siquiera se dio cuenta de lo que le estaba pasando. Malinterpreto la apretazon en el pecho y lo nebuloso de sus ideas con el mal tiempo que desde hacia casi una semana se había tragado el sol.
La tercera, la cuarta, la quinta vez llegaron, no para quedarse sino para llevarse un poco de ella con cada incertidumbre. Otras letanías se sumaron a aquella tatuada en su frente, pero estas corrieron una suerte mas común, muriendo, en vez de immortalizarse, en libretas viejas, hojas sueltas, esquinas de periódicos olvidados y recibos de compras gastadas.
Cuando el peso de las palabras desterradas empezó a dolerle en el cuerpo y empezó a notar los síntomas tangibles de muchos años de autoflagelacion, decidió escribir un diario. Ajena al concepto de organizar ideas, su diario fue por mucho tiempo una caja vacía de zapatos que se habían roto de olvido en el fondo del armario. Y en la caja se fueron acumulando sus palabras desnudas, palabras que se confundían con la piel que mudaba cada día, dando paso a una capa de piel mas fuerte y lustrosa que la anterior.
Por questiones de falta de espacio, encima de la caja puso primero un florero, luego un estante para poner revistas y mas tarde, cuando empezó a trabajar de noche, unas cortinas aislantes para que el cuarto se mantuviera oscuro en las mañanas y así poder engañar al sueño. La caja dejo de abrirse para tragarse verdades, o preguntas sin respuestas que muchas veces hacen las mejores verdades. Las incertidumbres siguieron acumulandose, pero ya sin rumbo, sin piel, ni papel errante, ni caja semi llena, se convirtieron en crónicos dolores de cabeza que la hacían tomar pastillas para la migraña al menos una vez por semana.
Un día, buscando un pañuelo viejo encontró la caja. La abrió y empezó a leer. Se leyó y releyó a si misma, buscándose, encontrándose quizás, al fin y para siempre. Corrió las cortinas, cambio los libros de lugar, compró unas botas de tacón talla 40 que le quedaban grandes, tiró las botas y colocó la caja encima de la caja pequeña. A partir de aquel día empezó a trabajar de día y a pensar de noche.

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