Ofrenda

Por Zahylis Ferro

Su primera cita con aquel hombre de ojos grises la tenía en las nubes. Ya él le había anunciado que irían a un elegante restaurante de la ciudad, con una vista al mar tan espectacular como la comida misma, que decían los críticos sabía a “gloria.” Había ensayado poses, sonrisas, miradas frente al espejo y todas le devolvían una imagen dulcemente seductora pero que no la dejaba satisfecha. Echó el ropero abajo y desfiló en cada vestido que encontró, largo, corto, a rayas, a flores, con cintas, sin lazos….luego hizo lo mismo con los zapatos y más tarde con las carteras. Esa era la parte mas difícil. Encontrar una cartera que le fuera con el outfit y en la que además pudiera guardar su corazón no era tarea de cinco minutos. Tenía que asegurarse de crear un ambiente cálido dentro para que su corazón no sospechara y empezara a reclamar su presencia, como bebe con hambre, en medio de su primera cita. Había visto aquellos ojos grises tantas veces, dormida y despierta, que no podía arriesgarse a que su corazón lo arruinara todo. Y es que fuera del pecho era un problema, pero dentro, era aún peor. Con el corazón en su sitio era tan ella que auyentaba a los hombres, los intimidaba, los confundía…y los que lograban pasar la prueba de fuego de la primera impresión y trataban de buscar profundidad, terminaban sin aliento, nadando a brazadas de sálvese-quien-pueda hacia la superficie, dejándola despojada, dolida, vulnerable. Más de uno había visto irse sin decir adiós, y por eso, con este hombre de ojos grises que le hacía palpitar hasta el pecho vació, no podía correr riesgos. Guiada por su corazón nunca llegaría muy lejos.

Aquella noche la cita comenzó de maravillas. El la recogió en su casa y la llevó a caminar al mar. Luego, pasadas las nueve, y con mucha hambre, fueron a comer de la “gloria.” So far so good, pensó ella y pidió al camarero una silla extra en la que poner su cartera, porque su corazón saltaba tan fuerte que era difícil de contener y podía en cualquier momento caer al piso y romperse en mil pedazos. El hombre de ojos grises la miro extrañado pero no hizo preguntas. Le gustaba mucho aquella mujer. Era sensible, dulce, sexy, divertida, podía hablar de cualquier cosa, sonreía con espontaneidad, y al mismo tiempo era independiente, desligada, libre de ataduras y compromisos y feliz de serlo…una mujer que buscaba alegría pero no necesariamente amor…una mujer perfecta….justo lo que él andaba buscando, y así se lo hizo saber. “Me gustas, eres una mujer descomplicada y bella.” Ella aceptó en cumplido  pero sonrió con tristeza. Miró de reojos a su corazón emocionado, sabiendo que al final de la noche habría de abandonarlo allí, en su cartera, en su silla, en un nuevo mundo de contenida pasión. Y en un último acto de compasión y sacrificio sublime, empujó con el pie la silla para que el corazón cayera y se destrozara sin remedio, esparciéndose en el piso cual ofrenda, mientras los adorables ojos grises la invitaban a brindar por una noche sin igual, preludio de algo sin nombre.

***Ojos cortesia de mi amigo Carlos Pintado. No son grises, pero bueno….son bellos y ya esta!

Anuncios

7 pensamientos en “Ofrenda

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s