Silvia

Por Laura, Tay, José Miguel, Carmen y kontARTE

La mano le tembló, pero empuñó el cuchillo hasta el fondo. La sangre caliente que comenzó a subir por el mango le trajo el recuerdo de su último orgasmo, perdido desde el momento mismo en que la dejó sin aliento. Silvia nunca había tenido buena memoria para rememorar su vida. Nada quedaba para contar historia. Pero ahora Silvia estaba decidida a vengarse. Solo que  no podía recordar muy bien de que… o quien.

Silvia no sintió miedo o remordimiento, ni siquiera pensó en después. Las manos manchadas de rojo la hicieron sonreír. Era feliz mientras se dolía a si misma porque por primera vez estaba segura de que no iba a olvidar el pasado. Estaba quedando tatuado en este mismo presente, donde vivir o morir no era importante, sino el hecho de recordar.

La sangre se deslizaba lentamente por sus piernas formando un mar rojo a su alrededor. Disfrutaba su olor y admiraba la calma del mar rojo que crecía. La sensación de vacío y letargo que la transportaban a otro mundo y la hacían recordar momentos olvidados y perdidos, también la hicieron arrepentirse de no haberlo intentado antes. Era feliz en el clímax de su éxito. Atrapando los recuerdos se vengaba de todos. Se vengaba, gustosamente, de ella misma.

Y esos recuerdos que ahora invadían su espacio le abrían por fin la puerta de la vida o la muerte. Siempre había sido una mujer envuelta en dudas, temerosa, insegura en lo mas recóndito de su ser. Mas, a los ojos de la gente que la rodeaba Silvia fue el símbolo del triunfo, de la determinación y la autoridad. Si vida había transcurrido como la de muchos, tuvo amigos en los malos y buenos tiempos, tuvo amores, estudió, se graduó, parió hijos. Pero todos inoraban que Silvia no era feliz. Ella tampoco lo sabía. O si?

Nunca le había gustado la sangre. Le daba mareo y escalofrío. Ahora, no. Todo a su alrededor lucía tan irreal como su propio recuerdo y de pronto ya no hubo cuchillo, ni mar rojo, ni Silvia. La dulce venganza le empezó a saber agria en la boca, como si hubiera despertado después de un larguísimo sueño. Solo que no estaba ni había estado dormida. No estaba viva, pero tampoco esta muerta.

Había leído su vida desde la perspectiva de su propio diario que se le antojo ajeno y mentiroso. De ahí que supiera quien había sido y que había hecho. La desmemoria la había llevado a la meticulosidad de acaparar los hechos, fríos, tiesos e impersonales en disímiles hojas de papel. Días, meses, años de olvido se rememoraban a cada rato cuando Silvia se sentaba a leerse a si misma como si fuese una novela de ficción. Y muy a su disgusto lo que Silvia leía le parecía una novela mediocre. Repetitiva, insulsa, común había sepultado por mucho tiempo una vida que ya pesaba demasiado. No se veía en el espejo, veía a otra que era ella misma solo para ella y el peso de la inconformidad le prostituía la autoestima. Y no podía permitirse algo así.

Adornar su diario se había convertido en su mayor pasión. Y por eso había decidido hacer algo radical. Por primera vez en su vida escribía con bolígrafo rojo una historia que de seguro recordaría por siempre. Si es que siempre es una promesa de  futuro en un alma que solo sabe de presentes. El lago rojo crecía a su alrededor y Silvia se leía con satisfacción desconocida. Sus dudas, sus temores se ahogaban en el. Si alguien la hubiera visto, se habría dado cuenta de que su actitud de triunfo, determinación y autoridad perecían también. “Nada es eterno,” pensó Silvia. “Ni la desmemoria.”

Su diario se tiño de rojo mientras ella sonreía complacida al recordar su último acto de redención.

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