Ceremonia

Por Zahylis Ferro

La piedra estaba allí, enorme, quieta, mirándolo fríamente desde el fondo del inodoro, con una extraña indiferencia que le dolía más que el dolor mismo de su pene desgarrado. Se pasó la mano por la frente y se limpió las diez toneladas de sudor que le pesaban tanto como esas libras de más que nunca había podido ni querido rebajar. Entonces miró la piedra por segunda vez, seguro de haberla visto antes en algún lugar, incapaz de recordar donde. La miró y fue como si el dolor todavía no aliviado volviera a aprisionarlo otra vez, y cerró los ojos para no ver sus manos sosteniendo su pene, para no verlo retorcerse en medio de aquel dolor incontrolable que lo laceraba, que lo partía en dos, que se arrastraba lentamente por su miembro herido cuan largo era, para dejar salir aquella inocente piedrecita, tan humilde y tan culpable de tantos meses de sozobra.
Los primeros síntomas los sufrió una madrugada en la que se despertó sintiendo que algo le estaba devorando las entrañas. No pudo pensar, no pudo incorporarse, no pudo quedarse en la cama. Se arrastró hasta el teléfono, pidió ayuda, fue llevado al hospital, lo atendieron, se mejoró, regresó a casa, solo… siempre solo. Le explicaron que era algo común, cólico nefrítico, lo que el tradujo en un dolor despingante que no tenía comparación con nada de lo que había vivido hasta entonces.
El era un hombre acostrumbrado al dolor. Al nacer, por un descuido médico, le fracturaron la clavícula, y por un descuido de su madre que no se dio cuenta de la deformación que se insinuaba debajo de su batica de hospital, el hueso soldó como pudo, mal, dejándole para siempre un bulto raro que le recordaría el dolor de nacer solo, y tener una madre que solo sabía llorar.
Conocía el dolor del desprecio, de las miradas ausentes, de la desilución, del ser un niño más al que cuidar en un lugar donde todos los niños necesitan atención, de no ser el favorito de nadie, de los golpes en el baño, de la carne ultrajada, del amor prematuro, y del rechazo más prematuro aún que el amor.
Conocía el dolor de crecer sin esperar nada, pero no conocía el dolor desgarrador de una piedra lacerándole el pene.
Con la mano aún chorreando sudor, recogió la piedra del fondo del inodoro y la contempló largamente. Ahora, acurrucada en la palma de su mano, se le antojaba completamente indefensa, y definitivamente conocida. “Tu padre murió el día en que una piedra le cayó en la cabeza,”  le había dicho su madre cuando él le preguntara, la única vez en que lo fue a ver al orfanato. “Era minero.” Y supo que de tanto trabajar entre ellas, su padre también llevaba piedras dentro. “Hay cosas que se heredan,”  pensó, y de pronto fue como si intuyera que los hilos que formaban su vida estaban secretamente relacionados.
Esta piedra que ahora sostenía en su mano podía ser la causante de la muerte de su padre, y hasta casi de su propia muerte, porque en la naturaleza o se nace árbol a se nace piedra, y puede que fuera verdad que la materia se transforma, pero muy a su pesar, siempre lo hacía en algo semejante. Y entendió que morir, a consecuencia de una piedra es siempre una muerte dolorosa, porque la piedra escoge a los hombres así como los hombres escogen a sus piedras, y una vez que por casualidad o fuerza del destino se funden en una misma cosa, la continuidad de las especies está más que garantizada en el simple hecho del merecimiento mutuo.
Se preguntaba por qué el dolor parecía ser siempre la más definitiva de las sensaciones, y por qué, más que el amor, el dolor lo reencontraba con su yo más profundo, ese que tantas veces deseaba olvidar. La piedra seguía allí, porque apesar de su aparente movilidad capaz de transportarla tantas veces de hombre a tierra y de tierra a hombre, ahora estaba petrificada, densa. Y pensó odiarla, volcar en ella todo ese rencor que guardaba dentro, culparla, humillarla cada día, hacerla polvo de piedra asesina asesinada.
Y así, en una ceremonia en la que le entregó el alma al diablo, puso la piedra en una cajita de cristal y la colocó sobre una mesita junto la cama, la misma cama en que por primera vez, lo despertara el dolor que lo llevó a nacer una vez más.

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2 pensamientos en “Ceremonia

  1. Mija, acaba de ir a una editorial o algo…tu tienes que publicar cosas asi para que mucha gente te lea…me encanto! y doblemente ya sabes por que…te imaginas entonces la reaccion en un niño??? Sus gritos opacaron la grandeza de Pink Floyd y me hicieron pure el corazon…pero ya esta mejor…aunque no vimos ni rastro de la famosa piedra…

  2. Eso fue porque su papa no es minero…de serlo, la piedra hubiera sido mas orgullosa. En esto caso hay que dar gracias, porque a piedras orgullosas dolores aun mas infernales. Por suerte ya esta mejor.
    Un beso para los tres, MUA

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