Entre locos y cuerdos

La historia de la semana,  esta vez,  ha servido de inspiración a una nueva contribuyente que no pudo (gracias por  eso) refrenar las ansias de contar su propia historia. Nuestro pie forzado ha sido una suerte de musa para esta nueva lectora que con muchísimo placer, hoy publicamos en kontARTE. Gracias Carmen por el entusiasmo y por ser parte de este proyecto. Aquí está tú Entre Locos y Cuerdos.

Entre locos y cuerdos

por Carmen Barroso

Yo sabía que me estaba volviendo loco… lo único que no lograba calcular era el tiempo que duraría el proceso. Eso era lo peor: el tránsito, la espera, el camino a recorrer.

Las personas a mi alrededor parecían fichas puestas para dar color, para ambientar, eso sí que me asustaba. Sin darme cuenta pasaba horas estudiándolas, escuchando sus conversaciones, tratando de entender por qué reían o lloraban, o por qué sin razón evidente se abrazaban en las calles. Por mucho tiempo pensé que yo era uno de ellos pero después de varios inviernos supe que los hilos que me ataban a la realidad terminaban al final del pasillo, justo enfrente a la puerta, donde sueltos, jugaban a perderse en el reguero del patio.

Aunque aún seguía sintiendo miedo, de alguna manera me creía protegido ocultándome detrás de la coraza de distanciamiento que había levantado en torno al mundo real, sin embargo seguía sumergido en las olas del intermedio y allí, sin capacidades humanas se confundían olores y rostros.

Mi recién nacida locura era solo mía y del vacío y del universo. Solo tenerla me hacía feliz y revelaba el secreto de mí autenticidad. Ya no sería un número más de los vulgares conjuntos de pies y manos deambulando por calles sin rumbo fijo. Ya no tendría que respaldar con palabras de libros cada pensamiento alado y podría hacer estallar un volcán en el centro de un iceberg, sin que ello reportara dudas ni restara credibilidad.

La coraza estaba pero el miedo seguía… No quería ni podía permitir que nadie entrelazara de nuevo aquellos hilos sueltos y juguetones perdidos ya en el  reguero del patio.

Mi locura era sabia y perspicaz, ella lo presentía con ese sexto sentido que tiene todo lo femenino. Allí estaba, acechando, oculto, el restaurador de sueños aburridos, el especialista en logística, el profesor de rutinas queriendo entretejerme las nubes, el rocío y las flores para aplanarme la vista y unirme a la manada de marionetas. Los otros seguían del otro lado donde a veces también estuve yo o al menos creí estar y continué observándolos sin prisa. A esta altura de la vida comenzaban las preguntas  y emplazamientos.

¿Había alguien encontrado la verdad absoluta? ¿Había sido redimida la barrera entre cordura y locura? Estaba harto de definiciones, reglas y modismos. Creía ciegamente en que la envoltura nunca podría dar al traste con el contenido. Y este, precisamente,  era el tesoro que tenía que defender.

Comencé a caminar por la calle Monte, aquella que antaño encandilaba mi vista con el alarde de luz de sus carteles. Cubierto de un mantel blanco, imitando la pureza de mi locura (por cierto lo único puro en mi) quise protegerme de tanta polución humana, sin embargo el vaho decadente del tumulto agonizaba muy cerca de mí. Caminé con la certeza de encontrar alguien más que me acompañara, tropezando a cada instante con cuerpos sin rostros o rostros sin cuerpo pero los nidos estaban vacios y preñados de ausencia. Cuando ya mis pies cansados invitaban un descanso la divisé  allí: en la esquina. ¡Lo presentíamos mi locura y yo!

La necesitaba más que a todo. No importaba el género, pero era imprescindible la confrontación. De un lado mi locura cierta e incomprendida, del otro lado la monotonía absurda de lo irracional y dogmatico. Necesitaba estar unido a ella. Ella representaba la contraparte para definirme en mi perspectiva, para demostrar la libertad y justicia de mi camino.

Fue entonces cuando decidí que de una vez y por todas tenía que diseminar  el esperma de mis neuronas y fecundarla con argumentos que padecieran  repeticiones… traerla a mi mundo nuevo y seducirla sin retos.

Poco a poco, muchas veces obviando su resistencia,  le mostré al desnudo las miserias humanas de cada ficha que componían su tablero. Escapábamos con su reserva a cuesta, por el inocultable espacio de las mentiras con que estaba tejida la telaraña que la atrapaba.

Ella mojaba su rostro de verde esperanza aun con el temor de también volverse loca y fue creciendo y creciendo. Yo por mi parte me había despojado ya del mantel que me cubría y salí liberado del  miedo a proponerme nuevas conquistas, a devolver la vista a más “cuerdos” ciegos, a hacer estallar el volcán de cuanto iceberg encontrara en mi camino.

Otro mundo esperaba ser construido. No importaba  que nombre se le pusiera, pero urgía que fuese  tangible al menos, porque ya la utopía de los “razonables” y “verdaderos” era inconsistente y abrumadoramente estúpida. Ya los abrazos  de hambre sensorial y risas conformistas más que adornar, embadurnaban el ambiente.

Y así poco a poco dejé de temer al transitar del tiempo, a su densidad y consecuencia. Brotaba en pandemia mi locura por doquier. Los ojos de las marionetas cobraban vida, y los latidos impetuosos y constantes de sus corazones se convirtieron al final en filosas espadas que rompían las arraigadas telarañas. Ya no importaban términos, ni acepciones, ni que se entendiera por locura o no, éramos suficientes en contenido y número. Estábamos allí resueltos y unidos, ya no temíamos la amenaza de sueños aburridos, ni de rutinas ni dogmas. Si aparecieran de alguna forma, habría ya suficiente locura para desvanecer su hechizo.

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5 pensamientos en “Entre locos y cuerdos

  1. A veces los locos son los más cuerdos. A veces solo estando un poco loco se puede uno deshacer de todos esos dogmas y términos y acepciones, que como dices, Carmen, están vivos y cobran vida a diario. A veces no creo en los locos porque parecen buscar aprobación y escudarse en la locura. Pero cuando la locura no se mide en cantidad sino en autenticidad y es personal y es intima, entonces me quito el sombrero y la saludo con respeto. Gracias escritora.

    • Hola Salvador!!! gracias por escribir amablemente y no pelearnos por usar tu foto sin darte el credito debido. Te pedimos disculpas y aprovechamos la ocasion para decirte que es un contraste genial y que “entre locos y cuerdos” se nutrio de ella. Gracias!!

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