El último minuto

por Michael Sixto 

            Sofía cerró los ojos y dejó que lentamente el silencio de la casa vacía se detuviera a descansar en el profundo espacio de su mente, donde desde hacía mucho, dormitaba ese deseo de volar. Sin dudas era una necesidad ese estado agridulce de saberse al límite el día de la despedida; por eso no vaciló.  Nunca había visto tan de cerca el viento, no tanto como para recoger en la mirada ese color indescriptible de sus formas al cantar, al enredarse con sus cabellos en aquella tarde de octubre que ya no estaba, pero que aún latía a un costado de la ciudad que la viera aparecer y que hoy, con tristeza la despedía por las rendijas de la ventana del cuarto por donde antes se colaba la luz y la vida.  Sofía sintió el escalofrío que la estremeció de punta a punta. Lo esperaba. Su cuerpo dejó de ser pesado y sus ojos, cerrados aún, empezaron a ver más allá del tiempo o del palpitar de su corazón. Fue un minuto interminable donde el mundo redondo, poblado y ruidoso intentó  quedarse detrás amoldándola a los brazos de aquel viento nuevo que ya la reclamaba… y así Sofía aprendió a volar.

            -Buen viaje Sofía- dijo la ciudad en un sordo susurro que el viento colocó en los cabellos tibios, que muy pronto dejarían de ondear.

 

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2 pensamientos en “El último minuto

  1. Comenzaba a hacerse tarde, aún cuando la noche parecía interminable para Sofía. Ella llevaba varias horas esperando, había llegado poco después del escalofrío y un poco antes que su cuerpo dejara de ser pesado y sus ojos, cerrados conocieran los secretos milenarios del universo. Esos que están en nuestras narices pero no vemos. Pues si, ella miraba su reloj continuamente y ya había recorrido todos los asientos de la abandonada estancia. Su ansiedad aumentaba. Nadie había reparado en su presencia, quizá, porque nadie la esperaba, pero a ella en el fondo le daba igual, estaba muy vieja y cansada como para cambiar su modus-operandi, a fin de cuentas lo que contaba era que había llegado a tiempo. Una y otra vez repasaba su ya roída lista de pendientes. Faltaba un nombre por revisar, y eso la confundía mucho. Había sido eliminado ya con anterioridad, no lo recordaba, tal vez se estaba poniendo vieja, pero allí, en la lista, estaba muy claro. Con mucha calma observó detenidamente su lista: todo estaba en orden. Pero ahora la duda la asaltaba nuevamente. Qué hacer con el nombre que ya había estado en revisión? Pensó por un momento y cuando tuvo la solución sonrió con aquella sonrisa que solo ella podía entender. Y cuando estaba a punto de resolver aquel problema, llegaron los de la ambulancia, con sus sirenas y su actuar nervioso. Ella realmente se estaba poniendo vieja, algunos años antes eso no le habría molestado. Pero ahora se sentía atropellada, como si todos quisieran entrometerse en su camino, interfiriendo así con su trabajo. Se le hacía tarde y la ansiada hora no acababa de llegar. El reloj ya formaba parte inseparable de su vista y con cortos paseítos surcaba de un lado a otro la habitación, como intentando jugarle una mala pasada al tiempo. Allí estaba Sofia, una cama soportaba el peso de su cuerpo desmadejado, su inconciencia era profunda pero una extraña fuerza la llamaba por su nombre, y la hacía despertar. Cuando por fin lo hizo, sus ojos se encontraron con los de ella. Pudo sentir su respiración fría y profunda sobre su cara, sus manos, y todo su cuerpo. Sentía como la sangre que corría por sus venas disminuía de velocidad hasta congelarse del todo. Podía escuchar su corazón palpitar muy fuerte, como si quisiera escapar, era el miedo, que no le permitía mover ni un dedo. Ella Observó por última vez su reloj que ya marcaba la hora exacta. Su rostro expresó una sensación de alivio, sacó de un bolsillo una hoja de papel un tanto arrugada, escribió algo en ella y luego se inclinó sobre Sofía. La observó por un largo rato como queriendo grabar aquel rostro en su memoria. Entonces sonrió, con aquella sonrisa que solo ella podía entender y grabó una cruz en su frente…

    – Así – dijo – la próxima vez que tu nombre aparezca en mi lista, no tendré dudas.

    Y se marchó casi corriendo, con su larga cabellera negra volando al viento. Debía llegar a tiempo para recoger una nueva lista y entregar aquella, en la que solo quedaba un pendiente.

  2. Gracias, Marilyn por regalarnos, mas que un comentario, un cuento, donde Sofia no es necesariamente la protagonista. Es como la otra cara de una misma moneda. De lo que no se hablo en el cuento inicial se habla ahora. Lo que queda en entredicho ahora, ya se conto al principio. Creo que podemos descansar tranquilos por ahora; en esta lista no parece haber nada pendiente. Un abrazo grande.

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