Dulce despertar

Por Denis, Tay, Marilyn, Osbel, Alicia y kontARTE (Zahylis y Michael)

Se despertó en un sobresalto creyendo estar en otro lugar. De un golpe se sentó en la cama y con los ojos aun llenos de ausencia recorrió la habitación vacía. Por la luz que se colaba por la ventana semiabierta calculó serian alrededor de las once de la mañana. Había dormido muchísimo, sin darse cuenta que aquel desorden en su sueño que lo hacía revolcarse de un lado a otro de la cama no era otra cosa que las ansias de despertar

“Se despertó muy tarde. Por eso el dinosaurio no estaba allí”.

“Raros estos dinosaurios,” pensó sobresaltado cuando se dio cuenta de que se le había escapado por las rendijas del sueño, y ahora ya no era sueño ni tampoco realidad. El cuarto era un verdadero desastre prehistórico. Y en medio de tanta presencia orgánica, evidencia de no se sabe cuántos sueños de turbio despertar, descubrir un trillo de zarpas conocidas hizo que el cuerpo le temblara de pavor

Hacía mucho tiempo no sentía aquella sensación. Era sin dudas una sensación totalmente nueva o quizás olvidada. No importaba si era sueno o realidad, pero el pavor inicial se iba evaporando a medida que iba resurgiendo una persona nueva, colmada de aventura y pasión. Sus ojos brillaban y su mente se iba cargando de posibilidades cada vez más excitantes. La adrenalina se apoderaba de cada centímetro de su cuerpo y el pavor inicial se convirtió en algo más que curiosidad: un extraño impulso de descubrir, de devorar lo incierto, de darle un giro a su mañana que ya se agotaba y hasta de quizás cambiar su vida llena de costumbres y horarios donde, soñar era un lujo. “Sera una mañana nueva en mi vida”, pensó.
Y envuelto en su sabana comenzó a hacer pequeño el trillo de zarpas

Hoy sería el día que finalmente le diría todo lo que sentía por ella. ¿O sería mejor esperar…? Cada vez que el maldito dinosaurio desaparecía algo malo le ocurría, como aquella vez que se estrello contra un carro parado en camino a su trabajo y peor aun la vez que termino en el hospital porque lo arroyo una bicicleta… ¿cuántas personas anualmente son arroyadas por bicicletas? Este tipo de cosas solo pasaban cuando el dinosaurio se iba. Bueno de todos modos hoy no podía bajo ninguna circunstancias ni siquiera acercarse a ella

…las primeras palabras del día fueron:… mierda, que calor.

…le temía, o al menos creía temerle y eso le daba la fuerza suficiente para mantenerse lejos de todo… hasta de él… Quizás porque su dinosaurio llevaba por traje la corbata de su abuelo, la flor roja detrás de la oreja derecha como su abuela cuando la enterraron, las cartas de despedida que le dejara su madre junto a su foto cuando se fue según sus tíos a trabajar para darle una mejor vida… pero que cuando le pico el gusanito de la curiosidad juvenil y visitó el burdel del pueblo más cercano, reconoció en aquella prostituta que se le insinuaba por 20 pesos. Llevaba hasta la soga con la que se ahorcó su padre cuando no pudo dejar la bebida, ni aceptar ser un perdedor. Aquel dinosaurio no escupía fuego, por el contrario lloraba con el color gris de su memoria pero sobretodo tenía la cara de infierno de su jefe porque eran más de las doce y no había llegado al trabajo. Sería un largo día, lleno de explicaciones y batallas pero sabía que su dinosaurio regresaría nunca lo abandonaba, no podía…

El trillo de zarpas semi difusas lo hizo bajar la escalera y antes de que tuviera tiempo a reconsiderar, se vio el medio de la calle que a esa hora ardía como acabada de pavimentar. Toda la excitación y el rush de adrenalina que tan solo unos momentos antes le habían traído la esperanza de un nuevo amanecer, terminaron por hacerse añicos cuando una bicicleta salida de no se sabe donde casi le pasa por encima. Definitivamente, ese era el tipo de cosas que le pasaban cuando se escapaba el dinosaurio. Otra cosa sería si él lo dejara ir, si lo desterrara de su vida y de sus sueños y no le dejase ni la más mínima rendija por donde colarse en un lapso de debilidad. La de recuerdos que no quería ni recordar se iría entonces. Seguro con ellos se iba también el dolor crónico de la espalda que los médicos decían que era stress-related, pero que él sabía que era el peso de su pasado, su presente y su dinosaurio. Pero una fuerza superior a él mismo no lo dejaba cortar esa atadura ancestral.

Las gotas de sudor le corrían por la cara. Su día no podía amanecer peor. Y el que había hecho planes de decirle. “Iluso yo, como si se pudiera hacer planes con estas criaturas tan volátiles.” Y como ya eso no tenía remedio, decidió concentrarse en las huellas que aun se extendían a sus pies. El jefe, el trabajo al que ya no llegaría y hasta sus propios planes malogrados pasaron a un segundo plano. Hoy sería la última vez que lo dejaba hurgar en sus retazos de vida. Hoy iba a llenarse de valor y cortar ese cordón umbilical que le recordaba todo el tiempo sus ansias de libertad. Miro hacia adelante. Las huellas hacían una curva y se perdían detrás de unas yerbas altas. Le tembló el cuerpo de la anticipación. Torció su camino siguiendo las huellas, alzo la vista y la vio. Allí, a solo unos pasos de distancia estaba ella, parada como el, al final de un trillo de conocidas zarpas ancestrales que se arrastraba en dirección opuesta al suyo y que obviamente, ella había estado recorriendo. “No esperaba verte aquí,” dijo ella apenada, como quien es sorprendido en un momento de debilidad. “Yo tampoco,” dijo él y sonrió. Mientras tanto, los pasos de ambos dinosaurios se borraban de la faz de la tierra por siempre una vez más.

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