El pescador de sueños 2

Por Michael Sixto

  El pescador no tuvo opción, vagó sin rumbo por la desolada playa sin encontrar consuelo. Tenía la mirada cansada, el peso de los años corriéndole cara abajo con cada gota de sudor salado que le brotaba sin alivio, y tenía frío, mucho frío en el corazón que ya no latía como antes. Parecía que el pescador iba a desaparecer en cualquier momento, él mismo lo veía venir. Entonces recordó de golpe aquellas mañanas imperturbables de meterse al mar en busca, ya no de los peces, sino de su propia alma detenida en algún lugar disoluto de aquellas aguas que conocía como la palma su propia mano. Recordó el silbar del viento, el sonido sordo de las olas golpeando el viejo casco del bote de madera, recordó sin dudas su vida anterior y sintió el miedo que por años había pospuesto para el último momento.

  La paz, aburrida, ya no era una elección sino un castigo; si al menos pudiera olvidar, si ese azul enorme no estuviera ante su vista cada día, quizás, de ese modo, el mundo cobraría forma nueva y en lugar de pescador despertaría en un bosque, lejos del mar, siendo leñador o cultivando la tierra; pero él seguía aferrado a aquel pedazo de arena con su cabaña destruida, la almohada sucia y el perro triste de siempre que aún continuaban esperando su regreso, la nostalgia pasada que revivía su sangre congelada, que le impregnaba brillo a aquellos ojos apagados que no se conformarían con la realidad. 

  El pescador no tuvo opción, caminó despacio con sus pies descalzos pisando la arena que se hacía más húmeda mientras más se adentraba hacia el mar. Sabía lo que dejaba a la zaga, por eso jamás volteó la vista atrás. Las olas lo recibieron con agitación y su sombra, lentamente comenzó a diluirse en las aguas profundas de su desesperación. Desde la cabaña, el perro vislumbró el momento y cuando ya no divisó más los cabellos grises batidos por el viento, se tumbó en el umbral en penumbras con la seguridad de que ahora, ya nunca tendría que volver a esperar el regreso del que, desde hacía mucho, había partido para siempre.

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