Despedida

Por kontARTE

Amigos de kontARTE:

No es casualidad, ni falta de inspiración, ni descuido quizás, que hace ya más de tres meses que no hemos publicado nada nuevo. Los proyectos, buenos y malos, así como las ideas, están en constante transformación y evolucionan o simplemente cambian para darle vida a otros nuevos.

No es sino con un poco de tristeza y mezcla de emociones de todo tipo que queremos comunicarles que kontARTE dejará de existir. Esta aventura de ya casi cuatro años ha sido inmensamente reconfortante para nosotros y agradecemos a cada uno de ustedes por haber compartido y apoyado esta experiencia.  EstoPuente y imagen de kontARTEs no-escritores no se retiran – ¡ni piensen que se van a escapar de la tortura de leernos!- ¡La cosa sigue!

Gracias miles otra vez por haber estado, por seguir estando y por haber hecho de esta su casa por tanto tiempo.

Algunos nuevos proyectos ya están saliendo a la luz. Échenle un vistazo haciendo click en: michaelsixto.com

Otros muchos vendrán.

Un abrazo,

Zahylis y Michael

Furtivo

Por Michael Sixto

lluvia

 Te recuerdo de una presentación de un libro, de Starbucks, de la librería, no sé bien, pero estoy convencido que tu rostro me es familiar. Hace mucho viento esta tarde y parece que va a llover. Sentada en el parque de siempre batallas para mantener tu falda cubriendo tus extremidades mientras hojeas tu inmenso libraco. En otra ocasión hubiera rezado (tan ateo como soy) a todos los dioses en el cielo por un segundo de descuido en tu pugna con el viento que dejara expuestas esas magnificas piernas, mas hoy no. Hoy quiero recordar de dónde te conozco, quien eres, por qué apareces siempre que está a punto de llover. En tu ajetreo te das cuenta que te miro. No queda ya pizca de sol, mucho menos de dudas y ahora soy yo el que se siente desnudo. Quiero escapar pero las ganas de saberte son más fuertes que el instinto de preservación. No muevo ni un músculo desviando la mirada a otra parte del parque pero tú ya sabes que estoy ahí por ti. Regresas al libraco mientras el aire se calma un poco. Pasan unos minutos y cae la primera gota de agua. Sé que es cuestión de tiempo. Tengo que hacer algo. Respiro profundo como recobrando fuerzas y salgo a tu encuentro. Entonces, justo entonces, comienza a llover. Como una descarga sales corriendo alejándote a una velocidad casi inhumana. Segundos después tu silueta se me pierde entre los edificios empapados… sin saber aun de dónde te recuerdo. 

Autos de colores

Por Michael Sixto

Invertir la ecuación no siempre es conveniente. Hay quienes dicen que la respuesta está en mirar hacia atrás.

10576172_3_2012627_0_19_21La gente no cambia, cambian los lugares. Los autos son de colores y pasan rápido, sin miedo, pero asustados. Tenemos veinticinco segundos para escaparnos y olvidarnos de la locura. La locura es más posible en tardes como esta. Las noticias hablan de gente muerta o que están por morir. Me duele la garganta de tanto frio pero escucho, pacientemente escucho. Invertir la ecuación no siempre es conveniente, me dice un anciano despreocupado. Hay más, mucho mas de donde he sacado este, pero no le digas a nadie. El secreto queda a salvo al menos por cien años. Lo pospuesto regresa para atormentarnos. En medio de las estaciones recordamos, sentimos, nos retorcemos de hastío. Hay quien precisa un abrazo, una caricia… un poco de luz. Salimos corriendo. El reloj nos recuerda que estamos tarde. Siempre estamos tarde. Eso decía la maestra cada mañana, incluso cuando éramos los primeros en sentarnos en el pupitre. La repetición lo es todo, la costumbre es más fuerte que la verdad.

Igual seguimos corriendo. Pasamos frente a las vitrinas sin volver la vista atrás y los reflejos despavoridos desaparecen en un instante. La tentación de detenernos se hace latente pero los autos de colores nos despeinan los cabellos a su paso. Invertir la ecuación no siempre es conveniente. Sin detenernos vamos envejeciendo, nosotros, los inmortales. Palabras y palabras que no dicen nada, que se estancan como agua sucia en un charco al final de la calle. Nos quedamos sin aliento derrumbados al final del camino. Hay quienes dicen que la respuesta está en mirar hacia atrás. Parece ser cierto. Estamos donde comenzamos después de tanto correr y los autos de colores siguen pasando rápido, sin miedo, pero asustados…  como nosotros a merced del bullicio de la tarde.

La Bruja

Por Michael Sixto

Bruja

La bruja se sentó a los pies de mi cama y esperó pacientemente a que despertara. A las ocho en punto la alarma del reloj comenzó a sonar y abrí los ojos pensando aun en el sueño que acaba de tener. En mi pesadilla una anciana me pedía agua mientras yo trataba en vano de escaparme de su presencia. Las mierdas que sueña uno- pensé mientras me incorporaba de a pocos. Lentamente me senté reposando la espalda contra la cabecera de la cama. Entonces la vi. Con unos ojazos inmensos escudriñaba cada uno de mis movimientos. La bruja era realmente espantosa, exactamente como las pintan esos que dicen haber visto brujas. Tenía la típica larga nariz con verrugas, la cara verde, el sombrero picudo y los pelos desflecados y sucios.  Increíblemente no me asustó su presencia. Le pregunté  qué quería, pero no respondió. Traté de ponerme en pie pero en un instante la mano huesuda me lo impidió agarrando fuertemente mis piernas que seguían extendidas a lo largo de la cama. “… Ahora si está bueno esto” Dije para mis adentros resignándome a la terrible realidad. La bruja había venido a quedarse. Después de dos horas me soltó y, aun sin quitarme los ojos de arriba, me dijo en perfecto castellano. “El día 11 de Febrero del año 2053 te vas a morir. Vas a tener un accidente. Uno muy estúpido, pero te vas a morir a las 11:34 de la noche en tu casa. Tus hijos se van a enterar de tu muerte dos semanas más tarde y no les va a importar. Yo voy a estar ahí cuando todo esto suceda.” Entonces se puso en pie, agarró la escoba en una mano y cuando pensé que iba a montarse en ella y escaparse volando por la ventana, simplemente abrió la puerta del cuarto y salió caminando. Pasó por la cocina y se sirvió un poquito de café viejo del día anterior en una tacita  de cortadito. Tomó agua y justo antes de salir a la calle se volteó y se despidió con una sonrisa de bruja. Nunca más la volví a ver. Tampoco a soñar con ancianas que piden agua en la calle. De eso hace exactamente cuarenta años hoy 11 de Febrero… son las 11:33 de la noche y estoy solo en mi casa.

Opciones

Por Michael Sixtophoto.jpg

Tengo varias opciones: olvidarme del puto mundo y de Syria, tomarme una botella de vino español, responder un anuncio en craigslist de una gordita tetona que necesita un abrazo… faltar al trabajo mañana como si no me importara nada. El mundo va en decadencia, dicen, aunque me parezca que siempre ha sido así. Por eso reconsidero mis opciones aunque sean inmediatas. Los planes a largo plazo suelen ser más dolorosos por inciertos. Afuera hay quienes piden a gritos una revolución, algo diferente, para variar. Esos son los menos. La mayoría, como yo, nos agarramos del día a día que nos alimenta dejándonos en el recuerdo eso que pudo haber sido, pero que nunca fue. Miro a mí alrededor; las personas se amontonan como hormigas… después se van a casa a tumbarse en el sofá a mirar la tele. Seguro las noticias de Syria, de la guerra que se avecina… de los hijos de puta que usaron gases contra la población civil. La realidad se distorsiona y queremos creer, o no creer, queremos. Tengo varias opciones. La gordita tetona enganchó ya con alguien más. La botella de vino pinta bien, pero tendría que salir a comprarla. Faltar al trabajo mañana definitivamente va. Y sí, olvidarme del puto mundo y de Syria… como si de verdad no me importara.

Instyler

InstylerPor Michael Sixto

La llamé a las tres y treinta y no contestó. Le escribí un mensaje. “Oye, tenemos que hablar” A las dos horas me respondió el mensaje con una carita feliz, una ballenita y un jajajaja. No entendí nada. Se estaba burlando de mí. La muy puta. Marqué su número otra vez. Nada, buzón de voz. Decidí ir hasta su casa. Sabía que estaba ahí. Toqué a la puerta y salió su madre. “Pasa, está en su cuarto” Desde afuera se escuchaba el desesperante sonido del InStyler; se estaba haciendo el pelo. Mi miró a través del espejo del cuarto de baño y se sonrió. Estaba totalmente desnuda con la plancha en una mano y en la otra el mechón de pelo que se estaba estirando. “Ya casi estoy terminando, espérame en la cama” Obedecí sin decir palabra alguna. Para ese entonces la rabia ya se me iba pasando y las ganas de cogerla por el cuello y aplastarla contra la pared se fueron remplazando por otros deseos. Su cuerpo desnudo seguía ahí, al alcance de mi vista y la sonrisa proyectada a través del espejo me iba calando por dentro. Poco a poco se me fue olvidando el plante de la noche anterior, el haber ignorado mi llamada… la burla en el mensaje de texto. Ahora solo sentía ganas de apretarle los brazos y morderle los senos y el cuello y los muslos. “… I am sorry baby” Me dijo después de soltar el aparato humeante y dejarlo tirado sobre el lava manos, conectado a la corriente aun. “Estaba cansadita” Y me hablaba mientras caminaba hacia mí mirándome fijamente a los ojos. Yo seguía en silencio. Entonces me tomó las manos y se las llevó hasta su rostro y desde ahí lentamente  las fue deslizando cuerpo abajo. La piel se le iba erizando al paso y pude sentir como un escalofrío la retorcía toda. Le recordé la llamada y la espera y mi rabia de saberme engañado, todo eso mientras me iba bajando la portañuela del pantalón. “Olvídate de eso papi, lo que importa es que estamos aquí ahora” Le pregunté por qué me había dejado esperando y no contestó. En ese momento mi pene crecía dentro de su boca. Le pregunté una vez más, esta vez casi jadeando. Unos segundos después su madre anunciaba que había un muchacho en la puerta averiguando por ella. No lo pude controlar. De un empujón me la quité de encima lanzándola contra el suelo. “¡Oye qué pinga te pasa, estás loco o qué!” “¡Sí, ese que está allá afuera es con el que andaba anoche porque tú eres un pasmao, ¿qué pinga vas a hacer al respecto?!” Lentamente me acerqué hasta la puerta y puse el seguro. Su madre afuera gritaba desesperada. Tirada aun desde el piso siguió llamándome cobarde, maricón, hijo de puta… desde el piso se fue arrastrando hasta quedar apoyada de espaldas contra la pared. Entonces le dije que hiciera silencio pero continuó gritando. Cuando le di la primera patada por la boca un chorro de sangre le brotó prematuro. Entonces ya no pude parar. Afuera del cuarto se escuchaban varias voces exasperadas ya no solo de la madre sino muchas más. Sabía que no tenía mucho tiempo hasta que echaran la puerta abajo. Ella seguía consciente pero sin fuerzas para moverse. Fui hasta el lava manos y tomé el InStyler. La luz roja parpadeaba intermitentemente y el vapor que liberaba me hizo pestañar. El último grito le salió del alma mientras la plancha humeante se abría paso por su vagina. Después se desmalló. Cuando finalmente derribaron la puerta hubo un silencio larguísimo. De a pocos me fui abriendo paso entre la muchedumbre que yacía petrificada camino a la calle. Nadie dijo una palabra, nadie intentó detenerme. Cuando llegué a la casa saqué el teléfono celular del bolsillo y le mandé un mensaje; “carita feliz, ballenita, jajajaja”

Bon Appétit

Por Zahylis Ferro

Odio cocinar. En realidad, lo que más odio no es cocinar sino el olor de la comida. Me gustaría que la comida fuese todo sabor y que no oliera a nada. Sería mejor así. Entonces el degustar un plato sería de verdad un misterio. Una aventura. Sin insinuaciones aromáticas que arruinen la sorpresa. Claro, que quizás para suplir esa falta nos volveríamos más dependientes del componente visual. Como que si no entra por los ojos, no pasa por la garganta. Quizás a falta de oler lo que comemos nos convirtamos en individuos aun más visuales, más superficiales, pero ese es una probabilidad secundaria ahora mismo ya que pertenece al orden de los problemas hipotéticos.

Cocino un ajiaco, una especie de caldo con cuanto vegetal y vianda y carne he encontrado en mi refrigerador. El pobre, parecía un museo arqueológico. Reliquias gástricas preservadas por pedazos. Una papa descolorida de la que tengo que desechar la mitad. Una malanga milagrosamente intacta. Un trozo de carne de cerdo anterior a la edad media. Dos salchichas y un chorizo raquítico que una vez fue español pero ahora ha perdido hasta la identidad. Con desidia tiro todo dentro de una olla y allá van cebollas y pimientos y dientes de ajo a sumergirse en el agua salada que hierve a borbotones. Hago todo en un orden específico que a los ojos de un desconocido podría interpretarse como un indicio de que conozco al pie de la letra la receta y la sigo por costumbre. Pero no es cierto. No sigo recetas. Cocino por instinto. Total, el olor de la comida siempre delata el resultado, aun antes de que el resultado esté listo.Arte y cocina - Art Basel 2011

El ajiaco se espesa dentro de la cazuela retorciéndose a fuego lento. Con un cucharón en la mato la destapo con la intención de revolverlo y una ola de vapor me cuece la cara. Este ajiaco sabe a mierda, pienso sin probarlo. No pruebo la comida, no me hace falta. Algo más que le achaco a los olores, otra de las maneras en que delatan el resultado,  incluso antes de que este listo el resultado mismo. Me siento en el comedor, a unos metros del fogón y me complazco en imaginar como se desintegran las viandas en el calor, como los sazones se van poniendo mustios a medida que el caldo les roba la esencia, como la carne se hincha con el agua, y luego se comprime, y se vuelve hebras de carnes diseminadas en el caldo. La lentitud de la tortura a la que someto la comida me complace. No el olor, que ahora esta por todos lados, en mis manos, en mi cara enrojecida y en mi ropa. Recuerdo la novela El perfume. El protagonista tenía un poderoso sentido del olfato y podía separar cada ingrediente presente en un compuesto e identificarlo por sí solo, independiente del nuevo olor del que era parte. Estúpida habilidad que no sirve para nada, pienso mientras me huelo la blusa. Hoja de laurel. Pimiento rojo. Azafrán. No sé qué carajo le hace a la comida pero me gusta el color rojizo y el nombre. Azafrán. Dicen que es afrodisíaco. Falta que hace porque esta comida me va a costar el divorcio.

Ya está. El bendito olor me lo dice. Revuelvo para asegurarme. ¡Ni que hiciera falta! Ya está. De lo único que acabo de asegurarme es de que este ajiaco esta incomible. Inhalo una bocanada de vapor del que deja escapar la cazuela y en mi mente trato de separar una vez más los olores. Pimiento verde. Cebolla. Zanahoria. Azafrán. Dicen que el azafrán es afrodisiaco. ¿Será?

Limpio la mesa de papeles, sobres cerrados y facturas expectantes. Le coloco encima el mantel de cuadros rojos, el que uso en los días de fiesta. En una hoja en blanco garabateo unas letras y la pego con cinta adhesiva en la puerta. La cena está servida, se lee. Regreso a la cocina y tomando la cazuela por sus dos azas, tiro en ajiaco caliente a la basura. Lentamente me desnudo y me acuesto sobre la mesa. Una mezcla de sabores y sazones emana de mi cuerpo. No todo está perdido, pienso y sonrío.